Mafalda 2012……cincuentona….

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29 de septiembre de 1964. La tira Mafalda comienza a publicarse (dos veces por semana) en la revista Primera Plana. Aparecen como personajes Mafalda y su papá

Es cumpleaños de Mafalda: Cumple 49 años

Nació el 15 de marzo de 1962 en una campaña publicitaria que no prosperó pero apareció salió por primera vez a la luz en 1964 en el diario Primera Plana.

"¡Paren el mundo, me quiero bajar!" es quizás una de las frases más famosas de Mafalda, esa niña incisiva e irónica que supo ganarse el corazón de los argentinos y que hoy está de festejo según recuerda el portal clarín.com.

Son 50 años desde ese 15 de marzo de 1962 en que Mafalda surgió del trazo de su creador, Joaquín Lavado más conocido como Quino.

Según sus versiones, esta niña surgió cuando le encargaron que creara un personaje para una campaña publicitaria de una empresa de electrodomésticos. "La agencia quería una tira con ciertas características: típica familia media y que un personaje tuviera el nombre con dos letras de la marca: una M y una A", se lee en el sitio oficial del creador.

Mafalda tiene otra explicación, quizás más romántica, que es la que se lee en una carta que el personaje dirigió al editor de la revista Siete Días a modo de presentación: "El nombre que me pusieron (mis padres) fue en homenaje a una pibita que trabajaba en la película Dar la cara, que se hizo leyendo el libro del escritor David Viñas".

La campaña nunca se hizo y la pequeña "enfant terrible" descansó en algún cajón del humorista. Un año más tarde, más precisamente el 22 de septiembre de 1964, se empezó a publicar la historieta en el semanal informativo Primera Plana.

Según explica Quino en su página, le pidieron "una colaboración fija, satírica pero innovadora". En ese momento, los únicos personajes que aparecieron en la tira fueron Mafalda y su papá.

Era la Argentina de Illia, en el mundo aumentaban el número de países que adhería al bloqueo de Estados Unidos a Cuba y los Beatles estaban en pleno apogeo. Todos estos temas eran analizados por la cuestionadora y brillante Mafalda.

En el 65 la tira pasa a El Mundo, y permanece allí hasta su cierre en el año 67. Al año siguiente vuelve a publicarse en el semanario Siete Días. Su primera aparición arranca con una carta que ella le dirige al editor en la cual comparte su "currículum" de vida.

Entre otras cosas dice que le gusta "leer, escuchar los noticiosos, mirar la TV (menos las series), jugar al ajedrez, al bowling y a las hamacas". Y cuenta que entre las cosas que no le gustan están "primero, la sopa, después, que me pregunten si quiero más a mi papá o a mi mamá, el calor y la violencia".

Para ese entonces se habían sumado muchos personajes más a la tira: la mamá de Mafalda; Felipe, el eterno soñador; Manolito; Susanita, representante, quizás, de las aspiraciones de la típica mujer de clase media; el impredecible Miguelito y el hermanito de la protagonista, Guille.

Los 60 fueron años intensos que el famoso personaje de Quino supo analizar con agudeza y humor. "Más que planeta, éste es un inmenso conventillo espacial", es una de las conclusiones a las que llegó Mafalda.

Su principal preocupación era la falta de paz en el mundo. "No es que no haya bondad, lo que pasa es que está de incógnito", reflexionó alguna vez con ironía.

Idealista y utópica por naturaleza, no paraba de idear formas para convertir al mundo en un lugar mejor. "Cuando sea grande voy a trabajar de intérprete en la ONU y cuando un delegado le diga a otro que su país es un asco yo voy a traducir que su país es un encanto y, claro, nadie podrá pelearse", confesó desde una de las viñetas.

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Casi medio siglo de
Mafalda

Antonio Soria

La década de los años sesenta del siglo pasado fue testigo, entre muchos otros, del esplendor de la variante caricaturística conocida como tira cómica, misma que formaba parte –y en algunos, pocos rotativos actuales aún lo hace– de innumerables diarios impresos en todo el mundo. Ya se tratara del hiperconocido Snoopy, o de sus imitadores tipo Garfield, específicamente creados para contar una suerte de microcuento de tono cómico, autosuficiente en términos dramáticos, o de series-personajes como Fantomas, Mandrake el Mago, Tarzán de los Monos o El Fantasma, entre muchos otros, que a diferencia de aquéllos consistían en una serie de “capítulos” pertenecientes a un continuum narrativo –el cual, por otro lado, parecía nunca llegar a su conclusión–, uno de los comunes denominadores de las tiras era, desde luego aparte de las dimensiones más bien reducidas dentro de las cuales debían ser solucionados, su procedencia de nacionalidad: hablando en particular de las tiras asequibles en el México de los años sesenta, los setenta y los ochenta, dicha procedencia era preponderantemente estadunidense. A los arriba mencionados se sumaban –y aquí los nombres con los que eran rebautizados variaba de país en país, al menos latinoamericano– Lorenzo y Pepita, Maldades de dos pilluelos –o El Capitán y los Cebollitas, según–, Educando a papá, Serapio –es decir Bugs Bunny–, El Ratón Mickey, Calvin y Hobbes, Olafo el Amargado, Trucutú, más un etcétera nutrido que excede a la memoria.

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Joaquín Salvador Lavado (Quino) en 2009,
inagurando una escultura de Mafalda, a pocos metros del edificio donde vivía en el barrio de San Telmo, Buenos Aires; donde se inspiró para ambientar la historieta

Mientras el avasallamiento en la categoría contigua de cultura popular, es decir en el cómic, era prácticamente total a consecuencia de los jamás abandonados –y muy pronto saqueados y vueltos a saquear por el cine– Supermán, Batman, El sorprendente Hombre Araña y demás “superhéroes”, pero también a causa de una constelación con menos suerte a la hora de la evocación, como Archie, La Pequeña Lulú, Periquita, Sal y Pimienta, El Pato Donald, Gasparín el Fantasma Amigable, Riqui Ricón, El Pájaro Loco… mientras esa aplanadora de cuadernillos tamaño media carta engrapados medraba a sus anchas en los puestos de revistas –acompañados, con diversas debilidades y/o fortalezas, siempre entre varios otros por ejercicios locales como El Payo; Susy, Historias del Corazón; Lágrimas, Risas y Amor; Capulinita, Kalimán, Rarotonga, así como el notable por atípico y desabrochado Chanoc–, la tira cómica contaba con una ventaja comparativa nada despreciable, consistente en venir incluida como una sección más de un diario y, por lo tanto, no implicar un desembolso económico aparte ni tampoco una búsqueda específica para su consumo. Es decir que, si bien el cómic –el tebeo en España, o “los cuentos”, como se les llegó a conocer en aquel México de dólares a doce cincuenta viejos pesos cada uno– tenía una más que demostrada popularidad, verificable en tirajes que hoy se antojan fantásticos o fantasiosos, en todo caso envidiables; y si bien dicha popularidad no estaba de ningún modo amenazada por la facilidad y la virtual gratuidad de la tira cómica en los periódicos, esta última formaba parte de algo que, sin regateos, debe ser considerado como una tradición –se insiste, hoy casi extinguida–: la de abrir el diario y saber que, en cierta página, habrían de hallarse los personajes de Cacahuatitos, o séase Peanuts, o séase Snoopy, o cualquier otro de los ya referidos.

Pero dicha tradición, son menester el énfasis y la insistencia, solía implicar que el desaprensivo lector iría a toparse con una tira casi omnímodamente made in usa, víctima o beneficiaria, según cada caso, de traducciones buenas y malas de sus regularmente escuetos parlamentos; pero sobre todo iría a encontrarse, cómo si no, con el flashazo dibujado de un estilo de vida, unas preocupaciones, un carácter, una idiosincrasia intensamente sajones-clasemedia-analfabeta funcional, como puede verificarse con facilidad en la hemeroteca: por citar sólo un ejemplo prototípico, ahí está Lorenzo, el de Pepita, un empleado de oficina cuyas mayores o exclusivas preocupaciones son conseguir un aumento de sueldo de su cejijunto jefe, cenar sabroso todos los días, así como flojonear a gusto los fines de semana.

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En1995 se inauguró la Plaza Mafalda, barrio de Colegiales; ciudad de Buenos Aires

Una excepción con (Ma)falda

Es en ese contexto donde surge, por más de un concepto volviéndose inmediata excepción, la argentina Mafalda. De nuevo circunscribiendo el tema al ámbito espaciotemporal del México de hace unas cuatro décadas y media, poco más o menos, debe decirse que Mafalda llegó a este país integrándose a las páginas del hoy extinto diario Novedades, y debe también decirse que en principio no causó –y nada parecía sugerir que lo haría entonces ni después– mayor revuelo ni celebridad notable.

Lo relevante, desde luego, era su procedencia: por fin una tira cómica que no era gringa, que es tanto como decir por fin la presencia de un personaje –mejor dicho, y como todo mundo sabe, un grupo numeroso de ellos– nacido, desplegado, puesto a “vivir”, originalmente en un contexto bastante más afín al nuestro de lo que jamás podrían ser el aséptico suburbio de Charly Brown, el chabacanísimo Riverdale de Archie, ni mucho menos la Metrópolis de Clark Kent o la Gotham City de Bruce Waine.

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Imagen de Mafalda con leyendas de apoyo a la democracia durante la celebración del nuevo mandato de la presidenta Cristina Fernández, en la Plaza de Mayo

Oriunda de Buenos Aires y nacida, periodísticamente hablando, en 1962 o 1964 (hay un malentendido sobre este tema) , Mafalda se erigió –de seguro sin el concurso de su voluntad y quién sabe si también en ausencia de la de Quino, su igualmente célebre autor– en excepción, como es evidente por lo dicho hasta este punto, pero también en parteaguas, y no sólo en el primer ámbito de su naturaleza, es decir el correspondiente a ser una tira cómica, parte de un diario, cuyo cometido básico e ineludible consiste en “entretener”, atendiendo en todo caso a las infinitas interpretaciones que el vocablo entrecomillado convoca.

La condición excepcional de Mafalda en tanto elemento de una tradición, que la antecedía con mucho y que por eso mismo la determinaba, pero a la que llegó a contradecir con el simple hecho de ser lo que era: no estadunidense, para empezar, y no morigerante, para acabar; dichas excepcionalidad y espíritu contradictorio, pues, quizá expliquen, así sea en parte al menos, el salto trascendental –o cualitativo, si se le tiene repeluz al otro término— que muy pronto y sin lugar a dudas dio hasta hacerse de un sitio propio en el imaginario colectivo, lo cual se hizo asaz evidente en su traslado, poco más adelante tan definitivo como definitorio, de las páginas papel revolución del diario a las hojas bond del librillo-recopilación que para muchísimos lectores son, y no sin paradoja, el único soporte en el que han accedido a las tiras de Mafalda.

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Volviendo a los tiempos idos, pero fundacionales en este tema, del primer boom mafaldesco mexicano, es preciso mencionar la multiplicación gráfica de la que se hizo objeto a la galería entera de los personajes mafaldeanos: los finales de los años setenta y prácticamente todos los ochenta, con sus pósters –afiches, carteles–, sus llaveros, sus estampas y pegotitos, sus separadores de libros, bolsas y bolsos de todos tamaños, playeras… convirtieron a Felipe, Susanita, Manolito, Miguelito, Guille y Libertad, pero sobre todo a la propia Mafalda, en iconos verdaderamente dignos de ser considerados como tales, en tanto fueron útiles para dar testimonio lo mismo de una estética que de una ética que, por decirlo en esos términos, del espíritu de una generación que hablaba y pensaba como Mafalda et al., que escuchaba lo mismo que ella, que vivía en un departamento muy similar al habitado por ella; que se preocupaba, en fin, por asuntos afines o idénticos a los de ella.

Más de una vez asignándoles palabras que en realidad Quino jamás les puso en la boca –se habla aquí de nuevo de esa eclosión icónica que multiplicó la melena negra y abundante y la boca amplísima de la porteñita quinesca–, estos personajes-niños acabaron siendo emblemas generacionales, en particular de quienes, por esas épocas, contaban grosso modo entre los diez y los veinte años de edad.

La piba de todas partes

Al autor de estas líneas le consta: tener treinta o más años de edad no es condición sine qua non para no solamente conocer, sino también gustar de Mafalda, o lo que es lo mismo, para que ella pueda todavía comunicarle algo –mucho en realidad– a generaciones tan benjaminas como las nacidas en la década de los años noventa del siglo pasado y que hoy no tienen siquiera veinte. Más claro: un personaje de caricatura que está cumpliendo cuarenta y ocho años de vida, concebido a partir de la inmediatez intrínseca de la prensa diaria y por lo tanto signado por la amenaza de un potencial desleimiento progresivo, ha dialogado al menos con las tres generaciones más recientes y, en algo que pareciera juego de espejos respecto de la forma en que comenzó su camino –en México al menos–, nada parece sugerir que dejará de dialogar.

¿Cómo se explica la vigencia de un discurso así de claramente inserto –como sin lugar a dudas es el que Quino despliega en las tiras mafaldeanas– en una época concreta, de la cual versa, sobre la cual borda, en torno a la cual reflexiona, en función de la cual asiente, discrepa, celebra o se queja? Y no sólo eso, pues debe añadirse la ya referida ubicación cronológica precisa y, por lo tanto, de/limitada, y a esas dos condicionantes súmese una clara voluntad de localía, lo mismo geográfica que cultural que social: se trata de Argentina o, para ser tan específico como el propio Quino, de Buenos Aires –puntuado apenas con las bien conocidas tiras-secuencias correspondientes a las vacaciones de Mafalda y su familia, sea a la playa o a las montañas–; y no por cierto de la mítica urbe en su totalidad sino, cabe deducir, de alguno de sus innúmeros barrios, obvio es apuntarlo, aquel donde transcurre la cotidianidad mafaldesca.

Mas no paran ahí las condiciones de crasa especificidad quinesco-mafaldeanas, ya que deben incorporarse –y puede que ubicándolas mejor a la cabeza de todas las anteriores– varias otras cuya naturaleza es innegablemente ideológica y cultural: Mafalda es clase media-media; también es, como el Feo Bradomín, “católica y sentimental”; es anticomunista –o por lo menos antiMao y antiFidel–; es buena argentina que se pone su cinta albiceleste en la cabeza en las fechas patrias…

Pero Mafalda es, igual y naturalmente, todo aquello que más encomian sus bienquerientes: crítica, pacifista, demócrata, solidaria, buena amiga de sus amigos, feminista avant la lettre, amorosísima hija y hermana, beatlemaniaca y, en fin, dueña de una personalidad clara, bien definida y mejor defendida.

Acompañada principalmente del avaro codicioso –Manolito–, del atribulado laborioso –Felipe–, del ingenuo buenazo –Miguelito–, de la cursi esnob –Susanita–, de la radical minorista –Libertad–, del aprendiz avezado –Guille–, eso sí, todos ellos en última instancia poseedores de un humanismo que, dado el caso, es antepuesto a sus defectos-cualidades particulares, Mafalda es, con ellos y por su propia cuenta, actor y testigo, protagonista y narradora de su propia historia; es, para decirlo en una sola idea, conciencia actuante o actor consciente, en términos absolutos, de su tiempo y su circunstancia, dibujados-dialogados por Quino con la minuciosidad y la profundidad indispensables, como bien se sabe, para que una historia –en este caso una larga serie– de vocación claramente local acabe convertida en una suerte de paradigma de alcance universal.

Debe ser por eso que, casi medio siglo después, Mafalda sigue pugnando con las mismas fuerzas por la paz mundial, la proscripción de las armas nucleares y la abolición de la sopa.

Para la primera edición de Mafalda en italiano, Umberto Eco escribió un revelador prólogo. He aquí un fragmento de ese texto, publicado originalmente en 1969 y reseñado por el diario argentino El Clarín:

“Mafalda no es sólo un personaje de historieta más; es, sin duda, el personaje de los años setenta. Si para definirla se ha utilizado el adjetivo ‘contestataria’, no ha sido para alinearla en la moda del anticonformismo a toda costa. Mafalda es una verdadera heroína “rebelde” que rechaza al mundo tal cual es. En verdad, tiene ideas confusas en materia política: no consigue entender lo que sucede en Vietnam, no sabe por qué existen los pobres, desconfía del Estado y está preocupada por la presencia de los chinos. Tiene en cambio una única certeza: no está conforme.

La rodea una pequeña corte de personajes mucho más ‘unidimensionales’: Manolito, plenamente integrado a un capitalismo de barrio, que sabe con total certidumbre que el valor esencial en este mundo es el dinero; Felipe, el soñador tranquilo; Susanita, beatíficamente enferma de espíritu materno, narcotizada por sus sueños pequeñoburgueses. Y luego, los padres de Mafalda, resignados, que como si no les bastara lo duro que resulta aceptar la rutina cotidiana (recurriendo al paliativo farmacéutico ‘Nervocalm’), se ven agobiados por el tremendo destino que hizo de ellos los custodios de la Contestataria.

El universo de Mafalda es el de una América latina urbana y desarrollada, y es también, de modo general y en muchos aspectos, un universo latino. En un último análisis, Mafalda es una ‘heroína de nuestro tiempo’, y no debe pensarse que ésta es una calificación exagerada para el pequeño personaje de papel y tinta que Quino nos propone.

Ya nadie niega hoy que las historietas (cuando alcanzan cierto nivel de calidad) asumen una función cuestionadora de las costumbres. Y en Mafalda se reflejan las tendencias de una juventud inquieta que asume aquí el paradójico aspecto de disenso infantil, de esquemas psicológicos de reacción a los medios de comunicación de masas, de una urticaria moral provocada por la lógica de un mundo dividido, de un asma intelectual causada por el hongo atómico. Ya que nuestros hijos se preparan para convertirse —por mérito nuestro— en una multitud de Mafaldas, será prudente que la tratemos con el respeto que merece un personaje real”.

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