la biblia narra la historia humana de seis mil años para aca…..

"Cuando acabó Jesús todas estas palabras, dijo a sus discípulos: Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado. Entonces los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote, llamado Caifás, y se confabularon para prender con engaño a Jesús, y matarlo. Pero decían: No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo". Mateo 26:1-5.

SEMANA SANTA, Y LA PASCUA JUDIA EN LA MISMA FECHA

No olvidemos que desde el año 600 d.C. el Vaticano dio inicio a un nuevo calendario solar, conocido como el calendario gregoriano. Este calendario, fue influyente en la nueva civilización del planeta, y hoy en día rige todo el sistema comercial del mundo.

Al ser el Vaticano, impulsor del nuevo calendario gregoriano, y al tomarse o usurparse el derecho de ser el representante del cristianismo universal, se tomo la osadía de dictaminar las fechas memorables del Cristianismo, y aplicarlas a su nuevo calendario solar. De ahí que las celebraciones de la semana santa, o semana de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, ya no coincidiera con la fiesta de la pascua judía, que es exactamente la fecha en que murió el Señor. Ya que la pascua judía hasta hoy en día, se sigue celebrando según el calendario lunar. Como sabrán, según el calendario lunar, un año esta compuesto solo de 360 días, mientras que el solar tiene 365 días. De esta forma, la mayoría de las veces, las dos celebraciones quedaban separadas en diferentes semanas.

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El día, en el calendario hebreo, comienza con la salida de 3 estrellas, y
culmina con la caída del sol. En esto se diferencia del día según el calendario
gregoriano, que discurre exactamente de medianoche a medianoche.

LOS RITOS DEL PÉSAJ, APUNTAN AL SACRIFICIO DE JESUS

"Habló Jehová a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, y les dijo: Este mes será para vosotros el principal entre los meses; os será el primero de los meses del año. Hablad a toda congregación de Israel, y decid: El día diez de este mes tomará cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia…". Éxodo 12:1-3.

La gran pascua judía, es sin lugar a dudas la celebración más importante para el pueblo de Israel en todo el mundo. Una encuesta judía indica que esta fiesta la celebra un 99% de la población judía. Se la conoce como la celebración del Pésaj, palabra que viene de la raíz hebrea que significa: Cordero pascual, y pasar, saltar o pasar por alto. Como todos nuestros lectores saben, esta fiesta se conmemora la última noche de la salida del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto.

Esa última noche el Altísimo había anunciado al Faraón por medio de Moisés, que vendría la décima plaga, la cual consistiría en la muerte de todo primogénito de Egipto. El Altísimo Señor Todo Poderoso, en su gran amor por salvar a su pueblo sufriente de la esclavitud, decide proteger los hogares de cada israelita. Para ello, el pueblo tenían que reubicarse por familia en sus casas; deberían de iniciar la noche sacrificando un cordero; la sangre del cordero, esta vez no sería derramada sino recogida para ser utilizada en los dinteles de la entrada principal de cada casa judía; la carne del cordero debía de ser asada y comida con hierbas amargas; por todo el proceso que duró esa noche el juicio de Dios.

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Durante siglos las familias judías han celebrado el Pésaj.

Según los rabinos el ángel del juicio pudo haber iniciado la matanzas de los primogenitos en Egipto desde las 9 de la noche. Desde esa hora, las familias judías, empezaron a oír gritos de lamento; en los hogares vecinos de los egipcios. Es muy probable que los niños judíos al oír los gritos, preguntaban a sus padres “¿Que esta pasando? —los padres les decían que el ángel del juicio estaba golpeando los hogares de los egipcios— ¿Entonces porque a nosotros no? —Pudo haber sido la pregunta de los niños, a lo que sus padres les decían— En cada casa donde el ángel, ve la seña de la sangre del Cordero, tiene orden de no tocarla”.De ahí el significado de la palabra Pésaj: “pasar por alto”. "Pues Jehová pasará hiriendo a los egipcios, y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová de largo por aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir." Éxodo 12:23.

No es sorprendente, que una vez más el Señor Todo Poderoso utiliza a un cordero para la salvación. Primero fue con Adán, para cubrir su desnudez, y ahora para su pueblo al salvarlo de la esclavitud. Aquí encontramos, exactamente el simbolismo del sacrificio de Cristo Jesús en la cruz del calvario, él se presento como el cordero sin mancha, él encaró públicamente a los fariseos que lo acusaran de pecado, ninguno pudo acusarlo y en su lugar buscaron testigos falsos y ni siquiera estos pudieron dar testimonio de pecado. "El Sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo. Siempre he enseñado en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta, a los que han oído, de qué les he hablado; ellos saben lo que yo he dicho. Cuando Jesús dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al Sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; pero si bien, ¿por qué me golpeas?" Juan 18:19-23.

El cordero pascual era símbolo del sacrificio perfecto que Jesús realizaría para la expiación no solo del pueblo de Israel, sino de toda la humanidad; ya que el pueblo de Israel, año con año, tenía que ofrecer este cordero, Jesús lo hizo una solo vez, y para siempre. Lo único que necesita un ser humano, sea judío o no, es aceptar el sacrificio de Dios, por medio de su hijo Jesucristo. Juan el Bautista un judío de puro corazón y reconocido como el ultimo profeta, atestiguó públicamente que Jesús era ese cordero que salvaría al pueblo del pecado. "Al siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: ¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! Este es de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que es antes de mí, porque era primero que yo". Juan 1:29-30.

El apóstol Pablo, así lo reconoció, y no olvidemos que Pablo era un Rabino, que en su tiempo perteneció a la clase más alta del rabinato. Todas las evidencias históricas demuestran que era de la clase de los setenta, de modo que cuando Pablo hace la siguiente declaración de Jesús, como el cordero pascual, debemos poner mucha atención, pues lo está diciendo nada menos que uno de los grandes rabinos de ese primer siglo. "Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois, sin levadura, porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros." 1 Corintios 5:7.

Todos los cristianos evangélicos, entendemos que nuestras casas están protegidas por el Señor, y sabemos que cuando vienen juicios, muchas de nuestras familias son guardadas, sobre todo si en el hogar de esa familia esta Jesús, es decir el cordero de Dios. Aquí la ventaja de tener a Jesús en corazón y en su hogar, y de ser guardados en todo momento de los ataques de los demonios.

El pasado 11 de Septiembre del 2001, Mayela Hidalgo, una cristiana de Costa Rica, se despertó a las cuatro de la mañana sintiendo una gran necesidad de orar por su hijo Jairo. Ella se levantó junto a su esposo Tony Hidalgo a reprender al ángel de la muerte sobre su hijo Jairo. A las seis de la mañana oró por Jairo antes de irse al trabajo, esa mañana a Jairo le tocaba estar en el piso 109 de una de las torres gemelas entregando mercancía.

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Minutos antes de los atentados a las torres
gemelas Jairo estaba en el interior de una de ellas.

A las 8 de la mañana estaba él en el piso 37, cuando su jefe le ordeno salir para ir a entregar mercancía a un banco cercano, apenas él estaba entrando al banco, cuando sucedió la tragedia. Para cualquier persona esto pudo ser mera casualidad, pero no para Mayela su madre, que esa mañana había sido avisado por el Espíritu Santo para que pusiera a su hijo bajo la protección del Señor.

PANES SIN LEVADURA

La Matzá, masa si levadura, quería decir que era pura. La levadura es símbolo de impureza, los rabinos la llamaban: “Impulso diabólico del corazón”. Se dice que esa última noche el pueblo no tuvo tiempo de fermentar la harina, ya que tenían que hacer todo rápido, por la inminente intervención del Señor, de manera que las tortas quedaron un poco maltratadas; por eso hasta hoy en día, en las matzá se hacen perforaciones, indicando el maltrato que el pueblo recibió en la esclavitud en Egipto.

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Matzá, o pan sin levadura. En él podemos apreciar las
perforaciones, simbolismo del maltrato del pueblo judío en Egipto.

Esto también tiene relación con la muerte de Jesús, ya que Isaías 53 dijo que su cuerpo sería completamente herido, producto del maltrato en su crucifixión. Un día antes de la fiesta del Seder, como se conoce en la fiesta de la pascua judía ese primer día, que se conmemora con una cena solemne. Jesús presento la Matzá diciendo este es mi cuerpo que por vosotros es entregado.

¿QUE DÍA MURIO EL SEÑOR, EL JUEVES O EL VIERNES?

El gran día de la fiesta del Seder, comenzaba en esa época en que estaba el templo, con la cena del seder, o la preparación, es decir los panes sin levadura. Entonces todo debió de haber comenzado en aquella cena el día miércoles; no olvidemos que después Jesús se fue al jardín de Getsemaní a orar, mientras el sanedrín discutía como deshacerse de él, antes que diera inicio el gran día de los panes sin levadura y el Pésaj. Esa misma noche del miércoles, mientras Jesús oraba, y sus discípulos dormían a ratos por el agotamiento, Judas Iscariote traicionaba al Señor vendiéndolo por 30 monedas de plata; para que se cumpliese la profecía de Zacarías 11:12. "Yo les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Entonces pesaron mi salario: treinta piezas de plata." Judas, que sabía perfectamente bien que Jesús estaba en el huerto del Getsemaní, no titubeó en llevar a la guardia del Templo, y entregar esa noche al Señor en manos de los sacerdotes; los cuales ya no lo soportaban más, debido a que Jesús les había sacado todos los trapos sucios de hipocresía; en el ultimo sermón, en el patio del Templo —tema que se conoce como el sermón de los fariseos en Mateo 23— Jesús los había desenmascarado de su hipocresía, ellos ahora tenían la gran oportunidad de quitarse de en medio a aquel que los hacía ver mal ante el pueblo.

Tal como lo leímos en el pasaje en que iniciamos este tema, nos damos cuenta que los líderes religiosos estaban interesados en deshacerse del Señor antes del gran día de la fiesta. De esa manera, evitarían una revuelta entre el pueblo, ya que todos estarían apurados en sus preparativos para la gran noche del Seder, y el siguiente día, era considerado como día de reposo; de manera que toda actividad tenía que realizarse antes del gran día de la fiesta. Esa noche del miércoles, ya estaban en Jerusalén todas las autoridades romanas y judías para esperar la gran fiesta. Durante toda esa noche el Señor fue llevado de un lugar a otro para ser juzgado y condenado, fue llevado a la casa del suegro del sumo sacerdote un influyente judío rabino —que ya había sido sumo sacerdote—; después de haber sido humillado ante ellos, fue enviado a la casa de Caifás, el sumo sacerdote. Caifás lo remitió a Pilatos. Pilatos no encuentra nada digno de muerte en él, ya que no encontró ninguna evidencia de lo que lo acusaban, y lo remite al asesino de Herodes. Este, después de interrogarlo, no encuentra tampoco nada, entonces los sacerdotes lo remiten a Pilatos, para esto ya deberían de haber sido alrededor de las 9 de la mañana.

Si notamos, ya pasado toda una noche de martirio sobre el Señor, ahora Pilatos que no encuentra nada que inculpe a Jesús, manda a azotarlo, para congraciarse con los fariseos. Los soldados romanos que odiaban a los judíos, encontraron en este manso cordero la oportunidad de descargar todo su odio, y lo azotaron hasta dejar su cuerpo totalmente irreconocible. —Vale la pena leer de nuevo todo el capítulo de Isaías 53, ya que el profeta nos narra de forma impresionante lo doloroso que fue ese momento para el Señor— Posteriormente el cobarde Pilatos, se lava las manos y firma la sentencia de muerte en la cruz sobre Jesús.

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Imagen de la película "La Pasión de Cristo".

Desde las 9 de la mañana, comenzó el proceso de la crucifixión, con una multitud totalmente poseída ya por las fuerzas de Satán, hasta culminar a las 3 de la tarde, hora de la entrega del Sacrificio, con ello el Señor había cumplido su misión, morir no solo por su pueblo judío, para perdón de sus pecados, sino morir por los pecados de toda la humanidad ¡Las fuerzas del mal fueron derrotados para siempre en ese momento!

UN ENTIERRO APRESURADO

Como ya se acercaba el día de la preparación — algo que es normal hasta hoy en día en el pueblo judío— el cuerpo de Jesús tenía que ser enterrado ese mismo Jueves, aquí encontramos también la Matzá, no había tiempo para que el pueblo prepara el pan, el entierro de Jesús, fue rápido y no hubo ni siquiera tiempo para llorarlo o lo que llamamos velorio. De inmediato dos grandes personalidades, un hombre muy rico llamado José de Arimatea —que debió de ser un hombre de grandes influencias— en compañía del gran rabino Nicodemo —miembro también del concilio de los 70, pero que no consintió en nada en su muerte sino que sabía que Jesús solo cumplía con las profecías— pidieron su cuerpo. "Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilatos que le permitiera llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilatos se lo concedió. Entonces fue y se llevó el cuerpo de Jesús. Vino también Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no se había puesto a nadie. Allí, pues, por causa de la preparación de la Pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús." Juan 19:38-42.

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Sepulcro tradicional judío del tiempo de Jesús.

Las mujeres que seguían a Jesús, solo pudieron asegurarse de ver en qué lugar había sido enterrado el Señor, ya que no podían quedarse, porque comenzaba el gran día de la pascua, no olvidemos que en el calendario judío, el día comienza a las seis de la tarde, y termina hasta las seis de la tarde del siguiente día, ellas no podían venir al siguiente día, porque era el gran día solemne ¡Y vaya que lo era! El Señor estaba enterrado, ese día no se podía hacer nada, y de inmediato comenzaba el gran día del Shabat, que tampoco se podía hacer nada, para un judío practicante. Así que aquellas mujeres y los discípulos no podían hacer nada hasta el tercer día.

UNA COMPARACION DE LOS DOS CALENDARIOS EN LOS TRES DIAS

"Como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches." Mateo 12:40. "Comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del hombre padecer mucho, ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, ser muerto y resucitar después de tres días." Marcos 8.31.

Jesús no pudo morir el Viernes, porque entonces solo hubiera estado dos noches, en la tumba, ya que resucito el domingo por la madrugada, el único día que si concuerda con ambos calendarios es el Jueves; primero porque el viernes era el primer día de la fiesta de los judíos, y no podían quebrantar ese mandato, segundo si les convenía deshacerse del Señor antes de la gran fiesta, y de esa manera distraían la atención del pueblo. Si la gran fiesta del Pesaj o Pascua, comenzaba el día sexto, y esto comienza a las seis de la tarde, entonces Jesús muere en el día quinto judío, jueves para el calendario romano, entonces miremos la comparación:

Jueves, Jesús, es crucificado y sepultado. Primera noche.
Viernes, segundo día sigue sepultado el Señor, y pasa su segunda noche.
Sábado, continúa sepultado, e inicia su tercera noche, resucita el domingo por la madrugada.

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Si usted analiza el calendario judío, notara que también concuerda con los tres días en la profecía del Señor, que estaría, tres días y tres noches en la tumba y que el tercer día resucitaría.
Hemos hecho un breve análisis de la semana de pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, pero lo más importante es saber que esta Semana Santa , debe de ser tomada con mucho respeto y adoración al Señor. Primero porque es justo recordar el gran sacrificio que el Eterno Dios hizo por nosotros, al darnos a su propio hijo, en la cruz del calvario y librarnos de la condenación eterna. Segundo porque esta semana Santa como lo mencione al principio, coincide con el calendario judío, lo que nos hace conmemorar con seguridad que en una semana como esta fue la que nuestro Amado Jesús nos hizo libres.

También debemos entender que el Pueblo de Israel, fue el instrumento que el Señor usó para cumplir su propósito de expiación; no olvide que Satán hizo todo lo posible para evitar que Jesús fuera a la cruz, porque Satán sabia, que si Jesús iba a la cruz, la humanidad tendría vida, y Satán es muerte. Por eso en ningún momento se debe de ver a los judíos como los que mataron al Señor, todo lo contrario, la muerte del Señor Jesús fue responsabilidad de toda la humanidad, no olviden que fueron los romanos, los que lo azotaron, hirieron todo su cuerpo y ejecutaron la crucifixión.

El propio Señor Jesús ama a su pueblo judío, y un día —aunque por ahora es necesario que este endurecido, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles— ¡Todo Israel será salvo! Entonces recibirá al Señor Jesús que vendrá en poder y en gran gloria, no a Nueva York, ni Paris y mucho menos a Roma, ¡vendrá a Jerusalén! Si a Jerusalén, lo que les da la idea que Jesús ama también a su pueblo en la sangre, de igual manera que ama a su iglesia… por quien viene pronto.

"Pero sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de oración. Mirarán hacia mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por el hijo unigénito, y se afligirán por él como quien se aflige por el primogénito." Zacarías 12:10.

"Luego todo Israel será salvo, como está escrito: «Vendrá de Sión el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados». Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de sus padres, porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios." Romanos 11:26-29.

La historia nos dice que que las pirámides fueron construidas hace unos cuatro mil años, pero las pirámides de la meseta de Gizeh fueron construidas mucho tiempo antes. Incluso hoy día hay expertos que afirman que las pirámides de Egipto las construyeron los extraterrestres, o que las edificaron los atlantes.

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En Egipto hay decenas de pirámides, aunquelas más conocidas sean las de la meseta de Gizeh, cerca de el Cairo y vigiladas por la esfinge.

Pero volviendo a las tres pirámides, en ellasse hallaron inscritos los nombres de tres faraones de la IV dinastía, por ello se admite que fueron construidas por Keops, Kefren y Micerinos. Esto en principio, es lo queconocemoscasi todos. Lo que no es tan divulgado, es que también se halló de la misma época, una inscripción que habla de la esfinge como de un monumento "cuyo origen se pierde en la negrura de los tiempos". El faraón que reinaba habría tenido que desenterrar el monumento el cual estaba hundido bajo la arena del desierto durante años.

De hecho la Esfinge ha estado bajo la arena varias veces desde su construcción, hasta el punto de que en la memoria de los hombres no era más que una lejana leyenda. Si esto es así, la esfinge y la pirámide de Keops que debieron ser construidas en la misma época, nos demostraría que la gran pirámide fue construida mucho antes que la IV dinastía, por lo que su construcción se podría remontar a unos diez mil años, en tal caso la atribución a los tres faraones sería un error. ¿Entonces quien construyó las tres famosas pirámides de Egipto?, ¿los atlantes?, ¿los extraterrestres?…

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Monumento que ha visto pasar la historia del hombre, maravilla del mundo ha estado ahí desde tiempos remotos sobreviviendo a todo tipo de fenómenos.

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En la antigüedad estaba recubierta por piedra calcárea blanca que la hacía resplandecer bajo el sol, siendo por los egipcios llamada "l Ahram", que significa la luz.

Fue el sultán Al Mamún quien hizo quitar, placa a placa, el magnífico revestimiento. Sin embargo, tal cual está hoy día aún es digna de admiración para cuantos tienen el placer de contemplarla. Para construirla se emplearon tres millones de bloques de piedra, pesando algunos de veinte a treinta toneladas. Todos estos bloques están unidos sin cemento, encajándose a la perfección entre sí, de tal forma que es imposible, pasar una hoja de cuchilla entre dos bloques de esa piedra.

La pirámide en su conjunto pesa mas o menos unos seis millones de toneladas, o sea que serían necesarias seis mil locomotoras tirando cada una de mil toneladas para transportarla en su totalidad.

Para poder tener una mejor idea de la magnitud de la construcción, cabe decir que si colocásemos piedra por piedra una junto a la otra podrámos formar un muro que cruzaría Estados Unidos de parte a parte, en ida y otro casi de vuelta.

Por todo ello, podemos deducir que los que construyeron la gran pirámide de Egipto debían conocer ciertas ciencias que incluso hoy en día no conocemos bien del todo.

Un escriba copto, Massurdi, que vivió en el siglo X de nuestra era, apoyándose en manuscritos y traducciones coptas, escribió que "Surid, uno de los faraones que reinó en Egipto antes del diluvio, elevó las dos grandes pirámides". Y añade que "Surid ordenó a los sacerdotes que depositaran la suma de su sabiduría y la totalidad de sus conocimientos sobre las artes y las ciencias…con los escritos de los sacerdotes compiladores de toda clase de sabiduría, con los nombres y propiedades de las plantas medicinales, y las ciencias aritméticas y geométrica, para que todo esto quedase conservado en beneficio de los que más tarde, sabrían comprenderlo…"Más tarde añadiö:

"En la pirámide de Ofriente (la grande) fueron grabadas las esferas celestes y las figuras que representan las estrellas y los planetas. El faraón también hizo grabar las posiciones de las estrellas y sus ciclos, así como la historia crónica de los tiempos pasados y los futuros, y todos los acontecimientos futuros que tendrían lugar en Egipto. Los coptos son los descendientes directos de los antiguos egipcios, y sus tradiciones son merecedoras de que se les preste atención…"

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Hace algunos años me topé con Cántico a San Leibowitz de Walter M. Miller Jr. Su lectura me causó tal impresión, que se convirtió con el tiempo en uno de esos libros imprecindibles en la estantería de mi memoria, y al cual acudo cada tanto para poder evocar aquellas palabras que desde que fueran impresas en 1960 aún cautivan con su magia.

Prototipo de la ciencia ficción evolutiva, y alejada de los clásicos clichés del género, Cántico es una radiografía perfecta de la conducta humana, una mirada perversa, pero a la vez esperanzadora, y porque no redentora, a pesar del desastre que sus acciones provocan.

Teniendo en cuenta los tiempos que corren, su lectura se vuelve más que necesaria.

Se decía que Dios, para poder probar a la especie humana, que estaba henchida de orgullo como en tiempos de Noé, había ordenado a los hombres sabios de la época, entre los que se hallaba el beato Leibowitz, que ideasen grandes máquinas de guerra como nunca habían existido en la Tierra; armas con tal energía, que encerrasen los propios fuegos del infierno. Consintió que esos magos colocasen las armas en manos de los príncipes y les dijesen a cada uno de ellos: «Sólo porque el enemigo tiene tal instrumento, hemos ideado éste para ti, para que sepa que tú también lo tienes y no se atreva a atacarte. Piensa, mi señor, que los temiste a ellos tanto como te temen ahora a ti y que ninguno usará esta horrible cosa que hemos creado».
Pero los príncipes, haciendo caso omiso de las palabras de sus hombres sabios, se dijeron: «Si ataco lo suficientemente aprisa y en secreto, destruiré a los demás mientras duermen y no habrá nadie que me responda; la Tierra será mía».
Tal fue la locura de los príncipes, y a ella siguió el Diluvio de Fuego.

En algunas semanas — algunos decían que días — todo terminó. Las ciudades se convirtieron en un amasijo de vidrios rodeado de una vasta extensión de escombros. Las naciones desaparecieron y la tierra quedó cubierta de cuerpos de hombres y de ganado; de toda clase de bestias: junto con los pájaros del aire y todos los seres que volaban, todos los que nadaban en los ríos, se arrastraban entre la hierba o se ocultaban en madrigueras, enfermaron y murieron, cubriendo la tierra, y, pese a todo, en donde los demonios del Fallout quedaron desperdigados, durante un tiempo los cuerpos no entraron en putrefacción, a no ser los que estaban en contacto con la tierra fértil. Grandes nubes de ira se tragaron los bosques y prados, secaron los árboles y destruyeron las cosechas. Donde antes existía la vida, se extendían grandes desiertos, y en los puntos de la Tierra donde los hombres subsistían, habían enfermado todos debido al aire envenenado. Por ello, y a pesar de que algunos escaparon de la muerte, ninguno quedó intocado; y muchos, hasta en esas tierras donde las armas no habían atacado, murieron debido a la contaminación del aire.
Por todo el mundo los hombres iban de un lado para otro creándose una gran confusión de lenguas. Cundió la furia contra los príncipes y sus servidores y contra los magos que habían ideado las armas. Pasaron los años y la Tierra todavía no estaba limpia. Así constaba claramente estipulado en la Memorabilia.
De la confusión de lenguas, de la mezcla de los supervivientes de muchas naciones y del miedo, nació el odio. Y el odio dijo:
«Vamos a lapidar, destripar y quemar a quienes hicieron esto. Hagamos un holocausto con quienes idearon este crimen, junto con sus mercenarios y sus sabios; quemémoslos, que mueran junto con sus obras, sus nombres y hasta su recuerdo. Destruyámoslos a todos y enseñemos a nuestros hijos que el mundo es nuevo, que no sepan nada de los hechos antes ocurridos. Hagamos una gran simplificación y después el mundo comenzará de nuevo.»

Así fue que, después del Diluvio, el Fallout, las plagas, la locura, la confusión de lenguas y la ira, comenzó la época sangrienta de la Simplificación, cuando unos supervivientes de la raza humana aniquilaron a otros supervivientes miembro a miembro, mataron gobernantes, científicos, dirigentes, técnicos, maestros y cualquier persona que los adalides de la enloquecida multitud considerasen merecedora de la muerte por haber ayudado a hacer de la Tierra lo que era. Nada era tan odioso a los ojos de esa multitud como los hombres cultos, al principio porque sirvieron a los príncipes y más tarde porque se negaron a unirse a la riada de sangre y trataron de oponerse a la chusma, a la que motejaban de «gente simple sedienta de sangre».
La chusma aceptó alegremente el nombre y gritó:
«¡Simples! ¡Sí, sí! ¡Soy simple! ¿Eres simple? ¡Construiremos una ciudad y la llamaremos «Ciudad Simple» porque para entonces todos los bastardos inteligentes que causaron esto estarán muertos! ¡Simples! ¡Vamos! ¡Esto les servirá de lección! ¿Hay alguien aquí que no sea simple? ¡Si lo hay, coged al bastardo!»

Para escapar de la ira de aquella multitud de simples, los hombres cultos que quedaban con vida huyeron a cualquiera de los santuarios que les ofrecían asilo. La santa Iglesia los recibió, los vistió con hábitos monacales y trató de ocultarlos en tantos monasterios y conventos como habían sobrevivido y que podían ser habitados de nuevo, porque las religiones no eran muy despreciadas por la multitud a no ser que la desafiasen o aceptasen el martirio.
A veces el santuario era seguro, pero en general no resultó así. Los monasterios fueron invadidos; los archivos y libros sagrados, quemados; los refugiados, apresados y juzgados sumariamente y colgados o quemados. Al poco tiempo de iniciada, la Simplificación dejó de tener un plan o un propósito y se convirtió en un loco frenesí de crímenes en masa y destrucción, como sólo puede ocurrir cuando los últimos restos del orden social desaparecen. La locura se transmitió a los niños, acostumbrados como estaban, no sólo a olvidar, sino a odiar, y oleadas de furia se reprodujeron esporádicamente hasta la cuarta generación después del Diluvio. Entonces, la ira se dirigió, no contra los sabios, pues ya no quedaba ninguno, sino contra los que sabían leer y escribir.

Isaac Edward Leibowitz, después de buscar infructuosamente a su esposa, se refugió en los cistercienses, con quienes permaneció oculto durante los primeros años del Posdiluvio. Después de seis años, marchó de nuevo al lejano suroeste en busca de Emily o de su tumba. Allí se convenció de su muerte, porque en aquel lugar, ésta fue la triunfadora incondicional. Allí, en el desierto, hizo un juramento. Después volvió con los cistercienses, tomó su hábito y al cabo de unos años se ordenó sacerdote. Reunió algunos cofrades con él y les hizo una proposición. Después de unos años, aquella propuesta se «filtró» hasta Roma, que ya no era Roma — que ya no era una ciudad —, pues se había trasladado tres veces en menos de dos décadas, después de haber permanecido en el mismo sitio por dos milenios. Doce años después de haber hecho su proposición, el padre Isaac Edward Leibowitz obtuvo permiso de la Santa Sede para crear una nueva comunidad de religiosos, llamada de San Alberto Magno, maestro de santo Tomás y patrón de los científicos.

Su cometido no anunciado, y al principio sólo vagamente definido, era conservar la historia humana para los tataranietos de los nietos de los simples que querían destruirla. Su primer hábito fue un trozo de arpillera y una correa, uniforme de las turbas de simples. Sus miembros eran o bien «contrabandistas de libros» o «memorizadores», según la tarea asignada. Los contrabandistas llevaban clandestinamente libros al sudoeste y los enterraban allí en barriles. Los memorizadores se aprendían de memoria volúmenes enteros de historia, escrituras sagradas, literatura y ciencia por si algún infortunado contrabandista de libros era apresado, torturado y obligado a delatar dónde estaban enterrados los barriles.

Mientras tanto, otros miembros de la nueva orden encontraron una fuente a unos tres días de viaje del escondite de los libros y empezaron a construir un monasterio. El proyecto, que el pequeño remanente de cultura humana se proponía salvar del resto de los humanos que pretendían fuese destruida, se puso entonces en marcha. Leibowitz, mientras cumplía con su turno de contrabandista, fue descubierto por un simple; se trataba de un técnico renegado a quien el monje perdonó de inmediato, a pesar de haberlo identificado no sólo como a un hombre culto, sino también como especialista en el campo de los proyectiles. Cubierto con una capucha de arpillera, fue martirizado sin dilación; fue estrangulado con una soga, sin apretarla lo suficiente para romper el cuello, y al mismo tiempo lo asaron vivo, zanjando así una disputa entre la multitud, respecto al método de ejecución.
Los memorizadores eran pocos y su memoria limitada.
Algunos de los barriles de libros fueron encontrados y quemados, al igual que varios de los contrabandistas. El propio monasterio fue atacado tres veces antes de que la locura se apaciguase.

Del vasto almacenamiento de conocimiento humano, sólo algunos barriles de libros originales y una lastimosa colección de textos copiados de memoria sobrevivieron en posesión de la orden en la época en que la locura terminó.
Ahora, después de seis siglos de oscuridad, los monjes cuidaban todavía su Memorabilia, la estudiaban, copiaban y volvían a copiar, y esperaban pacientemente. Al principio, en tiempos de Leibowitz, presumían — y casi anticipaban como probable — que la cuarta o quinta generación empezaría a querer recobrar su herencia. Pero los monjes de aquella época no contaban con la habilidad humana para generar una nueva herencia cultural en un par de generaciones si una más antigua es totalmente destruida; lo harían movidos por legisladores y profetas, genios o maníacos, a través de un Moisés, a través de un Hitler o de un ignorante, pero tiránico abuelo; una herencia cultural puede ser adquirida de la noche a la mañana, y muchas lo fueron de este modo. Pero la nueva «cultura» era una herencia de la oscuridad en la que «simple» quería decir lo mismo que «ciudadano» y lo mismo que «esclavo».

Los monjes esperaron, sin importarles que el conocimiento que habían salvado fuese inútil, que buena parte de él no fuese ya comprensible y que para ellos fuese a veces tan inescrutable como lo sería para un muchacho salvaje y analfabeto de las colinas. Este conocimiento estaba vacío de contenido, la importancia de su tema había desaparecido hacía mucho, pero, sin embargo, tenía una estructura simbólica que era peculiar en sí misma, y cuando menos esta trama simbólica podía ser observada. Estudiar el modo en que un sistema de conocimientos estaba entrelazado era aprender por lo menos un mínimo de conocimiento, del conocimiento, hasta que algún día — algún día o algún siglo — apareciese un integrador y las cosas fuesen puestas nuevamente en su sitio. Por lo tanto, el tiempo no tenía importancia. La Memorabilia estaba allí, se les había conferido el deber de preservarla y lo harían, aunque la oscuridad del mundo se prolongase durante diez siglos más o hasta diez mil años, porque ellos, aunque nacidos en esta era de oscuridad, eran aún los mismos contrabandistas de libros y memorizadores del beato Leibowitz.

Cuando salían de su abadía, cada uno de ellos, los profesores de la orden — desde el encargado de los establos hasta el abad — llevaban como parte de su hábito un libro, generalmente un breviario, colgado de una correa.

Antes de cerrar el refugio, los documentos y las reliquias fueron sacados secretamente y reunidos uno por uno y con suma discreción por el abad. Se convirtieron en no investigables y fueron probablemente encerrados en su despacho. A efectos prácticos era como si se hubiesen desvanecido. Todo lo que desaparecía en el despacho del abad no constituía un tema apropiado para la conversación en público.

Era algo que sólo se podía comentar en voz baja en los pasillos desiertos. El hermano Francis no oía nunca los comentarios, que gradualmente disminuyeron, sólo para revivir cuando, una noche en el refectorio, un mensajero de Nueva Roma conferenció, en voz baja, con el abad y una pequeña parte de su conversación llegó a las mesas vecinas. Los comentarios se mantuvieron unas semanas después de la partida del mensajero y volvieron a disminuir.
El hermano Francis Gerard, de Utah, volvió al desierto el año siguiente y ayunó en soledad. Una vez más, regresó débil y demacrado, y llamado enseguida a la presencia del abad Arkos, que quiso saber si pensaba mencionar nuevas conferencias con los seres de la corte celestial.
—Oh, no, padre abad; durante el día sólo vi buitres.
—¿Y por la noche? — preguntó Arkos, suspicaz.
—Sólo los lobos — dijo Francis. Y añadió precavidamente —: Creo.
Arkos decidió no hacer caso de la cauta coletilla y se limitó a fruncir el ceño.

El hermano Francis había llegado a la conclusión que cuando el abad fruncía el ceño emanaba de él una energía radiante que viajaba por el espacio con enorme velocidad sin llegar a ser totalmente comprendida, a no ser en términos de su efecto demoledor sobre cualquier cosa que la absorbiese, y por lo general esta cosa era un postulante o un novicio. Francis captó cinco segundos de aquella energía cuando recibió la segunda pregunta.
—¿Qué me dices de lo del año pasado?
El novicio tragó saliva.
—¿El… viejo?
—El viejo.
—Sí, dom Arkos.
Tratando de eliminar toda sombra de pregunta en su tono, Arkos zumbó:
—Sólo un viejo. Nada más. Ahora estamos seguros de ello.
—Yo también creo que se trataba de un viejo.
El padre Arkos se inclinó cansadamente para asir la regla de nogal.
¡Plaf¡
—Deo gratias!
¡Plaf!
—Deo…
Al ir Francis para su celda, el abad lo llamó desde la puerta.
—Por cierto, se me olvidó decirte…
—¿Sí, reverendo padre?
—Este año no hay votos — murmuró apagadamente, y se encerró en su despacho.

El hermano Francis pasó siete años en el noviciado, siete vigilias de cuaresma en el desierto, y se convirtió en un perfecto imitador de los aullidos de los lobos. Para divertir a sus camaradas, llamaba a la manada que rondaba la abadía, aullando desde los muros en la oscuridad. Durante el día ayudaba en la cocina, fregaba los suelos y continuaba sus estudios de los tiempos pasados.
Entonces, un día el mensajero de un seminario de Nueva Roma llegó a la abadía, montando un asno. Después de conferenciar largamente con el abad, el mensajero buscó al hermano Francis. Pareció sorprenderse al encontrar a aquel joven, ahora ya un hombre, todavía vestido de novicio y limpiando el suelo de la cocina.
—Hemos estudiado durante estos años los documentos que encontraste — dijo al novicio —, y muchos de nosotros estamos convencidos de su autenticidad.
Francis levantó la cabeza.
—No se me permite mencionar el asunto, padre — dijo.
—Oh, toma. — El mensajero sonrió y le tendió un papel con el sello del abad, en el que, escrito de su puño y letra, decía:
Ecce Inquisitor Curiae. Ausculta et obsequere. Arkos, AOL, Abbas.

—Todo va bien — se apresuró a decir al notar la súbita tensión del novicio —, no te hablo oficialmente; alguien de la corte te tomará declaración más adelante. ¿Sabes, en realidad, que tus documentos hace mucho están en Nueva Roma? Acabo de traer de vuelta algunos.
El hermano Francis negó con un gesto. Sabía quizá menos que nadie referente a las reacciones en los altos niveles de su descubrimiento de las reliquias. Vio que el mensajero llevaba el hábito blanco de los dominicos y se preguntó con cierto malestar cuál sería la corte a la que el dominico se refería. En la región de la costa del Pacífico tenía lugar una inquisición contra el catarismo, pero no se le ocurría la relación que podía existir entre las reliquias del beato y aquella corte. Ecce Inquisitor Curiae, decía la nota. Quizás el abad quería decir «investigador». El fraile parecía ser un hombre de humor tranquilo y aparentemente no llevaba consigo ningún aparato de tortura.


—Esperamos que el caso de la canonización de vuestro fundador se abra pronto de nuevo — explicó el mensajero —. Vuestro abad Arkos es un hombre muy listo y prudente — rió por lo bajo —. Presentando las reliquias a otra orden para que las examinase y sellando el refugio antes de explorarlo en su totalidad… Bueno, lo comprendes, ¿verdad?
—No, padre. Suponía que consideraba el descubrimiento tan trivial que no merecía desperdiciar el tiempo con él.
El dominico se echó a reír.
—¿Trivial? No lo creo. Pero si vuestra orden presenta pruebas, reliquias, milagros y todo lo demás, la corte tiene que investigar su procedencia. Toda comunidad religiosa está ansiosa de que su fundador sea canonizado. Así que vuestro abad os dijo prudentemente: «Fuera del refugio». Sé que para muchos de vosotros ha sido una decepción, pero será mejor para la causa de vuestro fundador que el refugio sea explorado ante otros testigos.
—¿Lo abrirá usted de nuevo? — preguntó Francis, ansiosamente.
—No, no lo haré yo. Pero cuando la corte esté preparada enviará observadores. Así todo lo que se encuentre en el refugio que afecte a la causa estará a salvo, en caso de que la oposición ponga en duda su autenticidad. Como es natural, la única razón para sospechar que el contenido del refugio pueda afectar la causa es… bueno, las cosas que encontraste.

—¿Puedo preguntar por qué, padre?
—Porque una de las complicaciones que se presentaron durante la beatificación fue la primera parte de la vida del beato Leibowitz, antes de convertirse en monje y sacerdote. El abogado del lado contrario trató de inculcar la duda sobre el primer período, el del Prediluvio. Trataba de establecer que Leibowitz nunca efectuó una búsqueda cuidadosa, que quizá su esposa todavía estaba viva cuando se ordenó. Claro que no sería la primera vez que esto ocurre, a veces se han concedido dispensas, pero no viene al caso. El advocatus diaboli trató simplemente de inculcar la duda sobre el modo de ser de vuestro fundador, sugiriendo que había aceptado las órdenes sagradas y pronunciado sus votos antes de asegurarse del fin de su responsabilidad familiar. La oposición fracasó, pero puede que lo intente de nuevo. Y si los restos humanos que encontraste son realmente… — Se encogió de hombros y sonrió.
Francis asintió.
—Establecerían la fecha de la muerte de la esposa.
—Acaecida al principio de la guerra que casi arrasó con todo. Y en mi opinión, bueno, la nota manuscrita de la caja o bien es del beato o es una falsificación perfecta.
Francis enrojeció.
—No digo que estés complicado en una falsificación — añadió apresuradamente el dominico, al ver el rubor.
El novicio sólo había estado recordando la opinión que le había merecido la escritura.
—Dime cómo ocurrió. Me refiero a cómo diste con el sitio. Necesitaré conocer toda la historia.
—Pues empezó con los lobos…
El dominico fue tomando notas.
Unos días después de la partida del mensajero, el abad Arkos hizo llamar al hermano Francis.
—¿Piensas todavía que tu vocación está con nosotros? — dijo amablemente.
—Si el reverendo padre perdona mi execrable vanidad…
—Olvidemos, por un momento, tu execrable vanidad. ¿Lo piensas o no?
—Sí, magister meus.
El abad sonrió.
—Creo que ahora, hijo mío, nosotros también estamos convencidos de ello. Si estás dispuesto a comprometerte para siempre, ha llegado la hora de que pronuncies tus solemnes votos. — Hizo una ligera pausa, y, al mirar la cara del novicio, pareció decepcionado al no ver en ella ningún cambio de expresión —. ¿Qué ocurre? ¿No te alegras de ello? ¿No estás…? ¿Qué te pasa?
Aunque la cara de Francis permaneció como una máscara educadamente atenta, gradualmente fue perdiendo color. Sus rodillas se doblaron súbitamente.
Francis se había desmayado.

El novicio Francis, que quizás había batido el récord de resistencia en las vigilias del desierto, abandonó dos semanas más tarde los rangos del noviciado, y pronunciando votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, junto con otros compromisos especiales peculiares de la comunidad, recibió las bendiciones y un zurrón en la abadía y se convirtió para siempre en un monje profeso de la Orden Albertiana de Leibowitz encadenándose con eslabones de su propia forja a los pies de la Cruz y a la regla de la orden. Tres veces se le hizo la pregunta de ritual:
—Si Dios te llamase a ser su contrabandista de libros, ¿sufrirías la muerte antes que traicionar a tus hermanos?
Y tres veces, Francis respondió:
—Sí, padre.
—Entonces, levántate, hermano contrabandista y hermano memorizador, y recibe el beso de la hermandad. Ecce quam bonum, et quam jucundum…

El hermano Francis fue relevado de la cocina y asignado a una labor menos servil. Se convirtió en aprendiz de copista de un monje de edad llamado Horner. Si las cosas seguían su curso normal para él, podía razonablemente ver transcurrir toda su vida en la sala de copias y dedicar el resto de sus días a tareas tales como copiar a mano textos de álgebra y pintar sus páginas con hojas de olivo y alegres querubines ornando las tablas de logaritmos.
El hermano Horner era un anciano gentil y a Francis le agradó desde el primer momento.
—La mayoría de nosotros trabajamos mejor en las copias asignadas si además tenemos nuestro proyecto particular — le dijo Horner —. Casi todos los copistas se interesan por algún trabajo especial de la Memorabilia y les agrada pasar en ello un poco de tiempo extra. Por ejemplo, al hermano Sarl, que está allí, como su trabajo se atrasaba y cometía errores, le consentimos pasar una hora diaria en un proyecto que él mismo escogió. Cuando el trabajo se le hace tan tedioso que empieza a cometer errores al copiar, puede dejarlo un rato y trabajar en su propio proyecto. Les permitimos a todos hacer lo mismo. Si terminas el trabajo que se te asigne antes del final del día, pero sin tener tu propio proyecto, tendrás que pasar el tiempo sobrante en nuestros perennes.
—¿Perennes?
—Sí, y no me refiero a plantas. Hay una demanda perenne por parte de todo el clero de diversos libros… Misales, escrituras, breviarios, la Summa, enciclopedias y cosas así. Vendemos muchos de ellos. Así que si no tienes un proyecto preferido y terminas temprano, te pondremos en los perennes. Tienes mucho tiempo para decidirte.
—¿Qué proyecto escogió el hermano Sarl?
El anciano encargado hizo una pausa.

—Dudo que lo comprendas. Yo no. Parece haber encontrado un método para restaurar las palabras que faltan y las frases de algunos de los viejos fragmentos del texto original de la Memorabilia. Quizás el lado izquierdo de un libro a medias quemado sea legible, pero el lado derecho de cada página está quemado y faltan algunas palabras al final de cada línea; pues ha inventado un sistema matemático para encontrar las palabras que faltan. No es perfecto, pero da resultado hasta cierto punto. Ha conseguido restaurar cuatro páginas desde que comenzó con ello.
Francis miró al hermano Sarl, que era octogenario y casi ciego.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo ese trabajo? — preguntó el aprendiz.
—Unos cuarenta años — dijo el hermano Horner —. Claro que sólo ha pasado en ello unas cinco horas semanales y se necesitan muchos cálculos.
Francis asintió pensativamente.
—Si cada diez años se restaura una página, quizás en pocos siglos…
—No tanto — bramó el hermano Sarl, sin apartar la vista de su trabajo —. Cuanto más se restaura, más fácilmente se encuentra lo que falta. La página siguiente la terminaré en un par de años. Después de esto, Dios mediante, quizá…

Su voz se perdió en un susurro.
Francis había notado en varias ocasiones que el hermano Sarl solía hablar solo mientras trabajaba.
—Haz lo que gustes — dijo el hermano Horner —, una ayuda en los perennes es siempre de agradecer. De todas maneras, cuando quieras podrás tener tu proyecto particular.
La idea le vino a Francis de modo inesperado, y dijo impulsivamente:
—¿Puedo emplear mi tiempo sobrante en sacar una copia de la heliografía de Leibowitz que encontré?
El hermano Horner pareció momentáneamente sorprendido.
—No lo sé, hijo. Nuestro abad es… un poco susceptible respecto al asunto. Además, puede ser que esto no pertenezca a la Memorabilia. Ahora está en el archivo provisional.
—Pero usted sabe que se decoloran, hermano. Y ésta ha estado muy expuesta a la luz. Los dominicos la han tenido tanto tiempo en Nueva Roma…
—Bien, supongo que sería un proyecto muy breve. Si el padre Arkos no se opone, pero… — Agitó la cabeza indeciso.
—Quizá podría incluirla en un grupo — ofreció Francis rápidamente —. Las pocas reproducciones de copias heliográficas que tenemos están tan viejas, que se desmenuzan. Si yo hiciese varios duplicados… de algunas de las otras…
Horner sonrió burlonamente.
—Lo que sugieres es que incluyendo la heliografía de Leibowitz en un grupo podrás escapar mejor a las averiguaciones.
Francis enrojeció.
—Y puede que el padre Arkos no lo note si se da una vuelta por aquí, ¿no es así?
Francis se encogió.
—Está bien — dijo Horner, parpadeando ligeramente —. Puedes emplear el tiempo que te sobre en hacer duplicados de cualquiera de las copias que estén en malas condiciones. Si algo más se mezcla en el conjunto, procuraré no darme cuenta.

Antes de atreverse a tocar la heliografía de Leibowitz, el hermano Francis estuvo durante varios meses utilizando su tiempo libre en rehacer algunas de las viejas copias existentes en los archivos de la Memorabilia. Las viejas reproducciones que merecían ser conservadas debían ser renovadas cada uno o dos siglos. No sólo perdían color las copias originales, a menudo las versiones copiadas se hacían casi ilegibles después de un tiempo, debido a la poca estabilidad de las tintas empleadas. No tenía la menor idea del motivo por el que los antiguos habían empleado tinta blanca en una base oscura y no al contrario. Cuando esbozó de nuevo un diseño con carbón, invirtiendo de este modo la base, el burdo esbozo parecía más real que el blanco sobre oscuro; pero los antiguos eran inconmensurablemente más inteligentes que Francis, y si se habían tomado el trabajo de poner tinta donde generalmente el papel estaba en blanco y dejar líneas blancas donde en un dibujo normal serían negras, tendrían sus razones. Por ello copiaba los documentos de manera que se pareciesen lo más posible al original, a pesar de que la tarea de extender la tinta azul alrededor de las pequeñas letras blancas era particularmente pesada y se llevaba gran cantidad de tinta, hecho que hacía gruñir al hermano Horner.
Copió una vieja heliografía arquitectónica, después un plano de una parte de máquina cuya geometría era atractiva, pero cuyo propósito era vago. Copió de nuevo una abstracción titulada «Estator WNDG 73—A 3—HP 6—P 1.800—RPM 5—HP CL—A en caja de ardilla», que resultó ser completamente incomprensible y absolutamente incapaz de mantener prisionera una ardilla. Los antiguos eran a menudo perspicaces; quizá se necesitaba un conjunto especial de espejos para poder ver al animal. De todas maneras, la copió de nuevo trabajosamente.
Casi un año después de haber empezado su proyecto en tiempo libre y sólo después que el abad, en alguna de sus ocasionales visitas a la sala de copias, lo hubo visto por lo menos tres veces trabajando en otra heliografía (un par de veces se había detenido para echar una ojeada al trabajo de Francis), se atrevió a aventurarse entre los archivos de la Memorabilia en busca de la copia heliográfica de Leibowitz.
El documento original había sido ya sujeto a un cierto grado de restauración. Salvo el hecho de que llevaba el nombre del beato, era, de un modo decepcionante, idéntico a las otras que había copiado.
La heliografía Leibowitz era una abstracción que no movía a nada y menos que nada a la razón. La estudió hasta que pudo ver el sorprendente complejo con los ojos cerrados, pero no pudo comprenderlo. Parecía solamente una red de líneas conectando una mezcla de toda clase de cuadrículas y figuras cuyo nombre ignoraba. La mayoría de las líneas eran horizontales y verticales, y se cruzaban entre sí con un espacio en blanco o un punto; daban vuelta en ángulo recto para rodear alguna de aquellas extrañas figuras y jamás se detenían en medio de la nada, sino que siempre terminaban en alguno de aquellos signos, cuyo nombre ignoraba. Tenía tan poco sentido que si se lo miraba mucho tiempo producía un efecto adormecedor. Sin embargo, empezó a copiar cada detalle, sin olvidar una mancha oscura situada en el centro del dibujo y que pensó podía ser de sangre del beato mártir, aunque el hermano Jeris la considerase una mancha producida por un corazón de manzana en mal estado.
El hermano Jeris, que había entrado en la sala de copia de los aprendices al mismo tiempo que Francis, parecía gozar molestándole acerca de su proyecto.
Mirando por encima del hombro de Francis, preguntó:
—Sabio hermano, ¿podrías decirme, si no es molestia, qué significa «Sistema de control transistorizado para la unidad Seis—B»?
—Se ve claramente que se trata del título del documento — dijo Francis, ligeramente molesto.
—Se ve claramente. Pero ¿qué quiere decir?
—Es el nombre del diagrama que tienes ante los ojos, hermano simple. ¿Qué significa Jeris?
—Estoy seguro que muy poco — dijo éste, con fingida humildad —. Por favor, perdona que sea tan obtuso. Has podido definir el nombre indicando a la criatura nombrada que es en verdad el significado del nombre. Pero si el diagrama criatura representa algo por sí mismo, ¿qué es?
—Es evidente que el «Sistema de control transistorizado de la unidad Seis—B».
Jeris se echó a reír.
—¡Está clarísimo! ¡Elocuente! Si la criatura es el nombre, el nombre es entonces la criatura. «Las cantidades iguales pueden ser sustituidas por cantidades iguales» o «el orden de una igualdad es reversible». ¿Podernos pasar al siguiente axioma? Si las «cantidades iguales a la misma cantidad pueden ser sustituidas las unas por las otras», ¿no existe entonces alguna «misma cantidad» a la que tanto el nombre como el diagrama representan? ¿0 es que se trata de un sistema cerrado?
Francis enrojeció.
—Yo diría — respondió lentamente, después de una ligera pausa para acallar su enojo — que el diagrama representa un concepto abstracto más que una cosa concreta. Quizá los antiguos tenían un método sistemático para representar una idea pura. Se ve claramente que no se trata de la representación de un objeto reconocible.
—¡Sí, sí, es claramente irreconocible! — aceptó el hermano Jeris, riendo socarronamente.
—Puede también que represente un objeto, aunque de una manera formalmente estilizada, de tal modo que se necesitaría un entrenamiento especial o…
—¿Un enfoque especial?
—En mi opinión se trata de una gran abstracción o quizá de un valor trascendental que expresa un pensamiento del beato Leibowitz.
—¡Bravo! ¿Y cuál puede ser este pensamiento?
—Pues… el «Diseño del circuito» — dijo Francis, sacando el término del conjunto de letras escritas en la parte inferior derecha.
—¿A qué disciplina pertenece este arte, hermano? ¿Cuál es el género, especie, propiedad y diferencia? ¿0 se trata únicamente de un accidente?
Francis pensó que Jeris se volvía pretencioso en un sarcasmo y decidió responderle, suavemente:
—Observa esta columna de números y su título: «Numeración piezas electrónicas». Hubo antiguamente un arte o ciencia llamado electrónica, que pudo pertenecer tanto al arte como a la ciencia.
—Vaya, esto nos da el género y la especie. Ahora, y siguiendo en ello, falta la diferencia. ¿De qué trataba la electrónica?
—Esto también está escrito — dijo Francis, que había revisado la Memorabilia de arriba abajo en busca de pistas que le ayudasen a comprender un poco la heliografía, aunque sin mucho éxito —. La base principal de la electrónica era el «electrón» — explicó.
—Está realmente escrito. Me interesa, pues sé muy poco de estas cosas. Dime, por favor, ¿qué era el electrón?
—Pues existe un fragmento de una relación que lo menciona como una «torsión negativa de la nada».
—¿Cómo? ¿Podían negar la nada? ¿No la convertiría esto en un algo?
—Quizá la negación se aplica a la torsión.
—¡Ah! Entonces, tendríamos una «nada extendida». ¿Has descubierto el modo de extender la nada?
—Todavía no — admitió Francis.
—¡Continúa explicándome, hermano! Qué listos debieron ser los antiguos… sabían extender la nada. Sigue con ello y puede que descubras el modo de hacerlo. Entonces tendríamos al electrón entre nosotros, ¿no es así? ¿Qué podríamos hacer con él? ¿Ponerlo en un altar de la capilla?
—Está bien — suspiró Francis —. No lo sé. Pero tengo motivos para suponer que en un tiempo existió el electrón, aunque no sé cómo estaba construido ni para qué servía.
—¡Qué conmovedor! — dijo el iconoclasta y volvió a su trabajo.
Las burlas esporádicas del hermano Jeris entristecieron a Francis, pero no lograron disminuir su devoción al proyecto.
El exacto duplicado de cada señal, borrón o mancha resultó imposible, pero la fidelidad de su facsímil fue suficiente para engañar a la vista a una distancia de dos pasos, quedando por ello apto para ser expuesto y poder así sellar y guardar el original. Terminada la copia, el hermano Francis se sintió defraudado. El dibujo era demasiado árido, no había nada en él que sugiriese a primera vista que se trataba de una reliquia sagrada. El estilo era conciso y sin pretensiones… de acuerdo, quizá, con el propio beato, pero…
Una copia de la reliquia no era suficiente. Los santos eran gente humilde que no se glorificaban a sí mismos sino a Dios, y era obligación de los demás el retratar la gloria interna de los santificados con signos exteriores y visibles. Aquella copia simple no era suficiente: era fríamente realista y no conmemoraba, a través de sus líneas, las santas cualidades del beato.
«Glorificemus», pensó Francis, mientras trabajaba en los perennes. Estaba copiando páginas de los Salmos para después reencuadernarlos. Hizo una pausa para situarse de nuevo en el texto y encontrarle sentido a las palabras, pues pasadas varias horas de copia, dejaba de leer y se limitaba a que su mano trazara las letras que sus ojos encontraban. Se apercibió de que en aquel momento copiaba la oración de David en demanda de perdón, cuarto salmo penitencial:
«Miserere mei, Deus… porque conozco mi iniquidad y mis pecados están siempre ante mí.»
Era una plegaria humilde, pero la página que tenía ante los ojos no estaba dibujada en consonancia con ella. La M de Miserere tenía incrustaciones de oro. Un arabesco caprichoso de filamentos entretejidos dorados y violeta llenaba los márgenes y formaba nidos alrededor de las espléndidas mayúsculas del principio de cada verso. Aunque la oración era humilde, la página era magnífica. El hermano Francis copiaba únicamente el cuerpo del texto en pergamino nuevo, dejando espacio para las espléndidas mayúsculas y márgenes tan amplios como las líneas del texto. Otros artífices llenarían con un desenfreno de color su simple copia a tinta y construirían las mayúsculas ilustradas. Aprendía a pintar, pero no tenía aún la suficiente experiencia como para que le fuese confiado el trabajo de incrustaciones de oro en los perennes.
«Glorificemus.» Pensaba de nuevo en la heliografía.
Sin hablar con nadie de su idea, el hermano Francis empezó a planearla. Buscó la más apta y mejor piel de cordero y pasó varias semanas de su tiempo libre curándola, atesándola y aplanándola hasta formar una superficie perfecta, finalmente la blanqueó, quedando como la nieve y la guardó con sumo cuidado. Después pasó meses en los que dedicó todos sus minutos libres en repasar la Memorabilia, buscando de nuevo pistas que indicasen el significado de la heliografía de Leibowitz. No encontró nada que se pareciese a las figuras del dibujo ni nada que le ayudase a interpretar su significado; pero después de mucho tiempo, dio con un fragmento de libro que contenía una página parcialmente destruida, cuyo tema eran las heliografías. Parecía formar parte de una enciclopedia. La referencia era breve y faltaba parte del artículo, pero después de leerla varias veces, empezó a sospechar que él — y muchos copistas antes que él — habían perdido mucho tiempo y tinta. El efecto de blanco sobre negro parecía no haber sido una característica aceptable, sino más bien el resultado de las características de un cierto procedimiento barato de reproducción. El dibujo original del que se había sacado la copia heliográfica fue hecho en negro sobre blanco. Tuvo que resistir un súbito impulso de golpearse la cabeza contra el suelo de piedra. ¡Toda aquella tinta y aquel trabajo para copiar un accidente! Quizá sería mejor no mencionárselo al hermano Horner. Sería una obra de caridad no decirlo debido al estado del corazón del viejo hermano.
El saber que el color de las heliografías era una característica accidental de los antiguos dibujos le infundió nuevo ímpetu a su plan. Una copia glorificada de la heliografía de Leibowitz podía hacerse sin necesidad de incorporar la característica accidental. Con el esquema del color inverso, al principio nadie reconocería el dibujo. Ciertas formas podían ser evidentemente modificadas. No se atrevía a cambiar nada de lo que no comprendía, pero con seguridad las tablas de piezas y los informes podían ser colocados de modo simétrico alrededor del diagrama en forma de espiral o escudos. Debido a que el significado del conjunto era oscuro en sí mismo, no intentaba alterar en lo más mínimo su forma o plano, pero puesto que su color no tenía importancia, podía igualmente ser hermoso. Para algunas de las figuras pensó utilizar el oro, pero para otras la aplicación del metal era demasiado intrincada y hasta ostentosa. Los puntos de cruce debían ser negros como el azabache, pero esto significaba que las líneas tenía que hacerlas con un color que resaltase los puntos de cruce. Aunque era preciso conservar el diseño asimétrico, no se le ocurría ninguna razón para suponer que su significado se alteraba si se empleaba como enrejado para una parra cuyas ramas, rodeando con cuidado las cuadrículas, podían ser hechas para dar la impresión de simetría o para convertir la asimetría en algo natural.
Cuando el hermano Horner pintaba una M mayúscula, y la convertía en una hermosa selva de hojas, bayas, ramas y hasta alguna serpiente astuta, no dejaba por ello de ser legible como una M. A Francis no se le ocurría nada que le hiciese presumir que con el diagrama no sucedería lo mismo.
Principalmente, la forma general con el borde en espiral, podía muy bien formar un escudo en vez del rectángulo que encerraba el dibujo en la copia. Hizo docenas de bocetos preliminares. En la parte superior del pergamino representaría a la santísima Trinidad, y en la parte baja, el escudo de armas de la Orden Albertina coronado con una imagen del beato.
Pero, por lo que él sabía, no existía ninguna imagen adecuada que representase al beato. Había algunos retratos caprichosos, pero ninguno de la época de la Simplificación. Ni tan sólo existía una representación convencional; aunque tradicionalmente se decía que Leibowitz había sido alto y ligeramente encorvado. Quizá cuando el refugio se abriese de nuevo…
Los bosquejos preliminares del hermano Francis fueron interrumpidos una tarde al darse cuenta súbitamente de que la presencia que se inclinaba a su espalda era la de… la de…
«¡No! ¡Por favor! Beate Leibowitz, audi me!.. ¡Piedad, Señor! Que no sea…»
—Vaya, ¿qué tenemos aquí? — preguntó el abad, mirando sus diseños.
—Un dibujo, reverendo padre.
—Ya lo veo, pero ¿qué representa?
—Es la heliografía de Leibowitz.
—¿La que encontraste? ¿Qué? No se le parece mucho. ¿A qué se deben los cambios?
—Va a ser..
—¡Habla más fuerte!
—¡Una copia en color! — gritó involuntariamente Francis.
—¡Oh!
El abad Arkos se encogió de hombros y siguió su ronda. Unos segundos más tarde, el hermano Horner pasó junto a la mesa del aprendiz y vio con sorpresa que Francis se había desmayado.

CÁNTICO A SAN LEIBOWITZ

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Canticle

por Walter M. Miller

A no ser por aquel peregrino que se le apareció de pronto en medio del desierto donde practicaba su ayuno ritual de Cuaresma, el hermano Francis Gerard de Utah jamás habría descubierto el documento sagrado. Era,

desde luego, la primera vez que tenía ocasión de ver un peregrino vistiendo taparrabo, según la mejor tradición; pero una ojeada le bastó al joven monje para convencer­se de que el personaje era auténtico. El peregrino era un viejo desgarbado, que cojeaba al apoyarse en el clásico bordón; su enmarañada barba mostraba unas manchas amarillentas alrededor del mentón, y llevaba una peque­ña mochila al hombro. Se cubría con un gran sombrero, calzaba sandalias y llevaba atado a la cintura un trozo de arpillera pasablemente sucio y deshilachado. Éste era todo su atavío, y el hombre avanzaba silbando (falso) por el pedregoso camino del Norte. Parecía dirigirse a la abadía de los Hermanos de Leibowitz, que se levantaba a unos diez kilómetros hacia el Sur.

Al percibir al joven monje en su desierto de pie­dras, el peregrino dejó de silbar y se puso a observarlo con curiosidad. El hermano Francis, por su parte, se guardó muy bien de infringir la regla del silencio esta­blecida por su Orden para los días de ayuno; desviando rápidamente la mirada, continuó su trabajo, que con­sistía en construir una muralla de grandes piedras para proteger su morada provisional contra los lobos.

Un poco debilitado después de diez días de un régi­men compuesto exclusivamente de bayas de cactos, el joven religioso sentía que la cabeza le daba vueltas mien­tras proseguía su labor. Desde hacía un buen rato, el pai­saje parecía bailar ante sus ojos, y veía flotar unas man­chas negras a su alrededor; por esto se preguntó si la barbuda aparición no sería un espejismo provocado por el hambre… Pero el propio peregrino se encargó de disi­par sus dudas.

—¡Hola ho! —gritó, a modo de alegre saludo, con voz agradable y melodiosa.

Cómo la regla del silencio le impedía responder, el joven monje se contentó con dedicar al suelo una tími­da sonrisa.

—¿Es éste el camino de la abadía? —preguntó en­tonces el caminante.

Sin alzar los ojos del suelo, el novicio asintió con la cabeza, y seguidamente se agachó a coger un trocho de piedra blanca, parecida al yeso.

—¿Y qué hace usted aquí, entre tantas rocas ? —pro­siguió el peregrino, acercándose a él.

El hermano Francis se arrodilló apresuradamente para escribir en una piedra plana las palabras «Soledad y Silencio». Si sabía leer —cosa poco probable, a juzgar por las estadísticas—, el peregrino comprendería que su sola presencia constituía para el penitente ocasión de pecado, y, sin duda, le haría la merced de retirarse sin insistir más.

—¡Ah, bueno! —dijo el barbudo. Permaneció inmóvil un instante, paseando la mira­da a su alrededor, y después golpeó una piedra muy grande con su palo.

—Ahí tiene una —dijo— que le serviría para su tra­bajo… Bueno, mucha suerte, ¡y ojalá encuentre la Voz que busca!

Por lo pronto, el hermano Francis no comprendió que el desconocido había querido decir «Voz» con V mayúscula; imaginó sólo que el viejo le había tomado por sordomudo. Después de dirigir una rápida mirada al peregrino que se alejaba silbando de nuevo, se apre­suró a dedicarle una bendición silenciosa para asegu­rarle un buen viaje, y reanudó su trabajo de albañil con el fin de construirse un pequeño reducto en forma de ataúd, donde pudiera tenderse a dormir sin que su car­ne sirviera de banquete a los lobos hambrientos.

Impulsado por la curiosidad, el joven estuvo a pun­to de cogerla, pero, pensándolo mejor, dio un paso

Un rebaño celeste de cúmulos pasó sobre su cabeza: después de haber tentado cruelmente al desierto, aquellas nubes iban ahora a verter en las montañas su húmeda bendición… Su paso refrescó un instante al joven monje, protegiéndole de los rayos ardientes del sol, y el hombre lo aprovechó para dar fin a su trabajo, no sin subrayar sus menores movimientos con oraciones murmuradas entre dientes, para asegurarse una verdadera vocación; porque ésta era, también, la finalidad que esperaba conseguir durante su período de ayuno en el desierto.

Por último, el hermano Francis agarró la enorme piedra que le había indicado el peregrino…,pero los saludables colores que le había dado su trabajo de fuerza se borraron de pronto de su semblante, mientras dejaba caer precipitadamente la roca, igual que si acabase de tocar una serpiente.
Una caja de metal oxidado yacía a sus pies, parcialmente hundida entre los guijarros…
Impulsado por la curiosidad, el joven estuvo a punto de cogerla, pero, pensándolo mejor, dio un paso atrás y se santiguó a toda prisa, murmurando unas palabras en latín. Después de lo cual, más tranquilizado, no temió ya dirigirse a la misma caja.
—¡Vade retro, Satanás! —le dijo, amenazándola con el pesado crucifijo de su rosario—. ¡Desaparece, Vil Seductor!
Y, sacando disimuladamente un pequeño hisopo de debajo de su hábito, roció la caja con agua bendita, por lo que pudiera ser.
—-Si eres criatura diabólica, ¡márchate!
Pero la caja no dio la menor señal de querer desaparecer, ni de estallar, ni siquiera de encogerse despidiendo olor de azufre… Se contentó con quedarse tranquilamente en su sitio, dejando que el viento del desierto evaporase las gotas benditas que la cubrían.
—¡Así sea! —dijo entonces el religioso, arrodillándose para coger el objeto.
Sentado entre los guijarros, estuvo más de una hora golpeando la caja con una piedra grande para abrirla. Mientras trabajaba de esta guisa, se le ocurrió pensar que aquella reliquia arqueológica —pues estaba bien claro que de esto se trataba— era tal vez una señal enviada por el Cielo para indicarle que la vocación le había sido otorgada. Sin embargo, arrojó inmediatamente esta idea de su mente, recordando a tiempo que el padre abad le había puesto seriamente en guardia contra toda revelación personal directa de carácter espectacular. Si había salido de la abadía para ayunar cuarenta días en el desierto, pensó, era precisamente para que su penitencia le valiera una inspiración de lo alto llamándole a las Sagradas Órdenes. No debía confiar en ver visiones, ni en oírse llamar por voces celestiales: tales fenómenos en él, sólo habrían revelado una vana y estéril presunción. Eran ya demasiados los novicios que habían vuelto de su retiro en el desierto con abundantes historias de presagio, de premoniciones y de visiones celestiales, siendo con ello causa de que el excelente padre abad adoptase una política enérgica frente a los supuestos milagros. «El Vaticano es el único capacitado para pronunciarse en esta materia —había gruñido—, y es preciso guardarse de tomar por revelación divina lo que no es más que efecto de la insolación.»
El hermano Francis no podía, empero, dejar de manipular la vieja caja metálica con infinito respeto, mientras la martillaba a más y mejor para abrirla…
De pronto aquélla cedió, su contenido se desparramó por el suelo, y el joven religioso sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. ¡He aquí que la misma Antigüedad iba a serle revelada! Apasionado por la arqueología, costábale creer lo que veían sus ojos, y pensó de pronto que el hermano Jeris iba a enfermar de envidia, pero pronto se arrepintió de este pensamiento poco caritativo y se puso a dar gracias al Cielo que le regalaba semejante tesoro.
Temblando de emoción, tocó con mano cautelosa los objetos contenidos en la caja, procurando separarlos unos de otros. Sus estudios anteriores le permitieron reconocer un destornillador —especie de instrumento destinado antaño a introducir en la madera puntas de metal estriadas— y algo parecido a una pequeña cizalla de hojas cortantes. Descubrió también un útil extraño, compuesto de un mango de madera podrida y de una lámina de cobre, que tenía aún adheridas unas partículas de plomo fundido y que no pudo identificar. La caja contenía también un pequeño rollo de cinta negra y adherente, demasiado deteriorada por los siglos para que pudiera saberse lo que era, y numerosos fragmentos de vidrio y de metal, así como varios de esos pequeños objetos tubulares con bigotes de alambre que los paganos de las montañas consideraban amuletos, pero que ciertos arqueólogos creían que eran restos de la legendaria machina analytica, anterior al Diluvio de Llamas.
El hermano Francis analizó cuidadosamente todos estos objetos,.antes de alinearlos a su lado, encima de la gran piedra plana; en cuanto a los documentos, los guardó para el final. Naturalmente, éstos constituían como siempre el descubrimiento más importante dado el reducido número de papeles que habían escapado a los terribles autos de fe realizados en la Edad de la Simplificación, por un populacho ignorante y vengativo que no respetó siquiera los textos sagrados.
La preciosa caja contenía dos de estos inestimables papeles, así como tres hojitas de notas manuscritas. Todos estos venerables documentos eran extremadamente frágiles, pues la antigüedad los había resecado y hecho quebradizos; por ello el joven monje los manejó con las mayores precauciones, teniendo buen cuidado de protegerlos del viento con el faldón de su hábito. Por lo demás eran casi ilegibles y estaban redactados en inglés antediluviano, lengua antigua que, como el latín, se empleaba sólo por los monjes y en el ritual de la liturgia. El hermano Francis se puso a descifrarlos lentamente, reconociendo las palabras pero sin acabar de captar su significado. En una de las hojitas podía leerse: «I libra de salchichas, 1 lata choucroute para Emma.» La segunda hoja decía: «Pensar en recoger impreso 1.040 para declaración impuestos.» La tercera, en fin, sólo contenía cifras y una larga suma y después un número que evidentemente representaba un porcentaje sustraído del total anterior y seguido de la palabra «¡Uff!» Incapaz de comprender una palabra de tales documentos, el monje se limitó a comprobar los cálculos y los encontró exactos.
De los otros dos papeles contenidos en la caja, uno, estrechamente enrollado, amenazaba con caer en pedazos si alguien se atrevía a desenrollarlo. El hermano Francis sólo pudo descifrar dos palabras «Apuestas Mutuas», y lo volvió a la caja para examinarlo más tarde, después de sometido a un tratamiento de conservación adecuado.
El segundo documento era un papel muy grande, doblado varias veces sobre sí mismo y tan quebradizo por los pliegues, que el religioso tuvo que contentarse con separar cuidadosamente las hojas para echar una ojeada.
Era un plano, ¡una red complicada de líneas blancas sobre fondo azul!
Un nuevo escalofrío recorrió el espinazo del hermano Francis: ¡era nada menos que un azul, uno de esos documentos antiguos y rarísimos que tanto apreciaban los arqueólogos y que tanto costaban de descifrar a los sabios e intérpretes especializados!
Pero la increíble bendición que constituía semejante hallazgo no acababa aquí: entre las palabras estampadas en uno de los ángulos inferiores del documento, el hermano Francis descubrió de pronto el nombre mismo del fundador de su Orden: ¡el Venerable Leibowitz en persona!
Las manos del joven monje se echaron a temblar con tanta fuerza, a causa de su gozo, que a punto estuvo de romper el inestimable papel. Las últimas palabras que le había dirigido el peregrino volvieron entonces a su memoria: «¡Ojalá encuentre la Voz que busca!» Y sí que era una Voz lo que acababa de descubrir, una Voz con V mayúscula, semejante a la que forman las dos alas de una paloma al dejarse caer desde lo alto del firmamento, una V muy grande, como en Veré dignum o en Vidi aquam, una V majestuosa y solemne, como las que decoran las grandes páginas del Misal, una V, en suma, como en Vocación.
Después de echar una última mirada al azul para asegurarse de que no estaba soñando, el religioso entonó una acción de gracias: «Beate Leibowitz, ora pro me… Sánete Leibowith, exaudí me…», y esta última fórmula no carecía de cierta audacia, pues el fundador de su Orden ¡esperaba todavía la canonización!
Olvidando los mandatos expresos del abad, el hermano Francis se levantó de un salto y se puso a escrutar el horizonte, hacia el Sur, en la dirección que había seguido el viejo caminante del taparrabo de arpillera. Pero el peregrino había desaparecido hacía ya rato… Seguramente era un ángel del Señor, se dijo el hermano Francis, y, ¿quién sabe?, acaso el bienaventurado Leibowitz en persona… ¿No le habíar indicado precisamente el lugar donde descubrir el maravilloso tesoro, aconsejándole que levantaba determinada piedra en el momento en que le dirigía su profética despedida…?
El joven religioso permaneció sumido en sus entusiastas reflexiones hasta la hora en que el sol poniente vino a ensangrentar las montañas, mientras las sombras crepusculares se agrupaban a su alrededor. Sólo en este momento, la noche que se acercaba vino a arrancarle de su meditación. Se dijo que el inapreciable don que acababa de recibir no le serviría probablemente para defenderse de los lobos, y se apresuró a terminar su muralla protectora. Después, al encenderse las estrellas, reanimó su fogata y cogió las pequeñas bayas violetas que constituían su cena. Éste era su único alimento, a excepción de un puñado de granos de trigo secos que un sacerdote le llevaba todos los domingos. Por esto solía mirar con avidez a los lagartos que pasaban sobre las rocas próximas… y sus sueños se poblaban a menudo de pesadillas de gula.
Aquella noche, empero, el hambre había pasado a un segundo término de sus preocupaciones. Ante todo, habría querido correr a la abadía para comunicar a sus hermanos el maravilloso encuentro y el milagroso descubrimiento. Pero, naturalmente, esto era absolutamente imposible. Con vocación o sin ella, tendría que permanecer allí hasta el fin de la Cuaresma y continuar orando como si nada extraordinario le hubiese ocurrido.
«Construirán una catedral en este lugar», soñaba, mientras se adormilaba junto al fuego. Y ya su imaginación le mostraba el suntuoso edificio que surgiría de las ruinas del antiguo pueblo, con sus altivos campanarios que podrían verse desde muchos kilómetros a la redonda.
Acabó por dormirse y, cuando se despertó sobresaltado, unos vagos tizones resplandecían apenas en la fogata agonizante. De pronto tuvo la impresión de que no se hallaba solo en el desierto… Entornando los párpados, se esforzó en penetrar las tinieblas que le rodeaban, y entonces percibió, detrás de las últimas brasas de su escuálido hogar, las pupilas de un lobo que resplandecían en la oscuridad. El joven monje lanzó un grito de espanto y corrió a refugiarse en su ataúd de piedras resecas.
El grito que acababa de lanzar, se dijo mientras se echaba temblando en el suelo de su refugio, no constituía, hablando con propiedad, una infracción de la regla del silencio… Y se puso a acariciar la caja de metal, estrechándola contra su corazón y rezando para que la Cuaresma se acabase pronto. A su alrededor, unas garras arañaban las piedras del cercado…

Todas las noches rondaban los lobos alrededor del miserable campamento del religioso, llenando las tinieblas con sus aullidos de muerte, y, durante el día, se debatía el hombre entre verdaderas pesadillas provocadas por el hambre, el calor y las implacables mordeduras del sol. El hermano Francis pasaba su jornada recogiendo leña para su fogata, y también rezando y ejercitándose en dominar su impaciencia para ver llegar por fin el Sábado Santo, que señalaría el fin de la Cuaresma y de su ayuno.
Sin embargo, cuando amaneció el día feliz, el joven monje, debilitado por las privaciones, no tenía ya fuerzas para alegrarse. Abrumado por una lasitud inmensa, hizo sus alforjas, se cubrió la cabeza con la capucha para resguardarla del sol y tomó la preciosa caja bajo el brazo. Después, aligerado en quince kilos desde el miércoles de Ceniza, emprendió con paso vacilante los diez kilómetros que le separaban de la abadía… En el momento justo de llegar a la puerta, se derrumbó, agotado. Los hermanos que le recogieron y que prodigaron sus cuidados a su pobre armazón deshidratado contaron que, durante su delirio, no había cesado de hablar de un ángel con taparrabos de estameña y de invocar el nombre del bienaventurado Leibowitz, dándole fervorosas gracias por haberle mostrado las santas reliquias, así como las «Apuestas Mutuas».
El rumor de estas visiones corrió entre la comunidad y llegó con demasiada rapidez a oídos del padre abad, responsable de la disciplina, el cual apretó fuertemente las mandíbulas. «¡Que me lo traigan!», ordenó, en un tono capaz de dar alas al más perezoso.
Mientras esperaba al joven monje, el abad empezó a andar arriba y abajo, mientras iba acumulando cólera. Naturalmente, no se oponía a los milagros, ni mucho menos. Aunque fuese difícilmente compatibles con las necesidades de la administración interior, el buen padre creía a machamartillo en los milagros, puesto que constituían la base misma de su fe. Pero pensaba que, al menos, los milagros debían ser verificados y autentificados en la forma prescrita y según las normas establecidas. Efectivamente, desde la reciente beatificación del venerado Leibowitz, esos jóvenes monjes se empeñaban en ver milagros en todas partes.
Y por muy comprensible que fuese esta propensión a lo maravilloso, no era por ello menos intolerable. Ciertamente, toda orden monástica digna de este nombre debe sentir la viva preocupación de ayudar a la canonización de su fundador, reuniendo con el mayor celo todos los elementos susceptibles de contribuir a ella, ¡pero todo tiene sus límites! El caso era que, desde hacía algún tiempo, el abad había podido comprobar que su rebaño juvenil tendía a hurtarse a su autoridad, y el celo apasionado que ponían los jóvenes hermanos en descubrir y registrar milagros había puesto de tal modo en ridículo a la Orden Albertina de Leibowitz, que hasta en el Nuevo Vaticano se reían a mandíbula batiente…
Por ello estaba decidido el padre abad a mostrarse riguroso: en adelante, todo propagador de noticias milagrosas sería castigado. En el caso de que el milagro fuese falso, el responsable pagaría de este modo el precio de su indisciplina y de su incredulidad; si el milagro era auténtico y resultaba comprobado por verificaciones posteriores, el castigo sufrido constituiría la penitencia obligada que deben cumplir todos los que se benefician del don de la gracia.
En el momento en que el joven novicio llamó tímidamente a la puerta, el buen padre, terminadas sus reflexiones, se había sentado y estaba de un humor muy adecuado a las circunstancias, en un estado de ánimo realmente feroz, aunque disimulado bajo la más benigna apariencia.
—Adelante, hijo mío —dijo, con voz extrañamente suave.
—¿Me habéis hecho llamar, reverendo padre? —preguntó el novicio, sonriendo gozoso al advertir la caja de metal sobre la mesa del abad.
—Sí —respondió el padre, y pareció vacilar un instante—. Pero tal vez —prosiguió— preferiríais que, en adelante, fuese yo a visitaros, ya que os habéis convertido en un personaje célebre.
—¡Oh, no, padre mío! —exclamó el hermano Francis, muy colorado y con voz ahogada.
—Tenéis diecisiete años y, según todas las apariencias, no sois más que un imbécil.
—Sin duda alguna, reverendo padre.
—Pues, si es así, ¿qué motivos absurdos podéis tener para creeros digno de recibir las Órdenes?
—Absolutamente ninguno, venerable maestro. No soy más que un miserable pecador, cuyo orgullo es imperdonable.
—¡Y todavía añadís a vuestras faltas —rugió el abad— la pretensión de un orgullo tan grande que es imperdonable!
—Es cierto, padre mío. No soy más que un gusanillo.
El abad le dirigió una sonrisa helada y recobró su calma vigilante.
—¿Estáis, pues, dispuesto a retractaros —preguntó—, y a renegar de todas las divagaciones proferidas bajo el influjo de la fiebre, a propósito de un ángel que se os habría aparecido y os habría entregado esta… —señaló con gesto despectivo la caja de metal— esta despreciable pacotilla?
El hermano Francis dio un respingo y cerró los ojos atemorizado.
—Temo… temo no poder hacerlo, oh maestro mío —balbució.
—¿Cómo?
—No puedo negar lo que han visto mis ojos, reverendo padre.
—¿Sabéis cuál es el castigo que os aguarda?
—Sí, padre mío.
—Bien está. Disponeos a recibirlo.
Con un suspiro de resignación, el novicio se levantó el hábito hasta la cintura y se inclinó sobre la mesa. Tomando entonces una sólida vara de nogal que guardaba en un cajón, el buen padre le dio diez azotes seguidos en las posaderas. (Después de cada golpe, el novicio pronunciaba, sumiso, el Deo gratias debido a la lección de humildad que le era administrada.)
—Y ahora —interrogó el abad, bajándose las mangas—, ¿estáis dispuesto a retractaros?
—Padre mío, no puedo hacerlo.
Volviéndole bruscamente la espalda, el sacerdote permaneció un instante silencioso.
—Muy bien —dijo al fin, con voz mordaz—. Como queráis. Pero no contéis en modo alguno con pronunciar votos solemnes este año, al mismo tiempo que los otros.
El hermano Francis, anegado en llanto, volvió a su celda. Los otros novicios recibieron el hábito monástico, y él, por el contrario, tendría que esperar otro año y pasar otra Cuaresma en el desierto, entre los lobos, orando por una vocación que sabía ya que le había sido ampliamente otorgada…
En el transcurso de las semanas que siguieron, el desgraciado tuvo al menos el consuelo de comprobar que el abad no había estado del todo en lo cierto al calificar de «despreciable pacotilla» el contenido de la caja de metal. Estas reliquias arqueológicas habían tenido un éxito visible entre los hermanos, que consagraban mucho tiempo a la limpieza y clasificación de los útiles; también se trabajaba en la restauración de los documentos escritos y se trataba de penetrar su sentido. Incluso corría el rumor, entre la comunidad, de que el hermano Francis había realmente descubierto auténticas reliquias del beato Leibowitz, sobre todo bajo la forma del plano, o azul, que llevaba su nombre y en el cual percibíanse todavía unas manchas parduscas. (¿Acaso sangre de Leibowitz? El padre abad opinaba que era jugo de manzana.) En todo caso, el plano estaba fechado en el Año de Gracia de 1956, es decir, parecía coetáneo del venerable fundador de la Orden.
En realidad, se sabía muy poco del beato Leibowitz; su historia se perdía entre las brumas del pasado, y la leyenda acababa de confundirla. Se afirmaba únicamente que Dios, para probar al género humano, había ordenado a los sabios de antaño —entre los que figuraba el bienaventurado Leibowitz— que perfeccionaran ciertas armas diabólicas, gracias a las cuales el Hombre, en el lapso de unas pocas semanas, había logrado destruir lo esencial de la civilización, suprimiendo al mismo tiempo un gran número de sus semejantes. Así se había producido el Diluvio de las Llamas, al que habían seguido epidemias y plagas diversas y, por último, la ola de locura colectiva que debía llevar a la Edad de la Simplificación. En el transcurso de esta última época, los últimos representantes de la Humanidad, presos de vengativo furor, habían despedazado a todos los políticos, técnicos y hombres de ciencia; además habían quemado todas las obras y documentos de os archivos que hubiesen permitido al género humano lanzarse de nuevo por las rutas de la destrucción científica. En aquel tiempo, todos los escritores, todos los hombres instruidos, habían sido perseguidos con un odio sin precedentes…hasta el punto de que la palabra «bobo» había llegado a ser sinónimo de ciudadano honrado, íntegro y virtuoso.
Para librarse de las justificadas iras de los bobos supervivientes, muchos sabios y eruditos buscaron refugio bajo el manto de la Santa Madre Iglesia. Ésta los acogió en efecto, los vistió con hábitos monacales y se esforzó en librarlos de la persecución del populacho. Sin embargo, no siempre tuvo éxito este procedimiento, pues algunos monasterios fueron asaltados, arrojados al fuego sus archivos y textos sagrados, y ahorcados los que habían buscado refugio allí. En lo que atañe a Leibowitz, había buscado asilo entre los cistercienses. Pronunció sus votos, se hizo sacerdote y, al cabo de doce años, obtuvo autorización para fundar una nueva orden monástica, la de los «Albertínos», así llamada en recuerdo de Alberto el Magno, profesor del gran santo Tomás de Aquino y patrón de los hombres de ciencia. La congregación recién creada debía consagrarse a la conservación de la cultura, así sagrada como profana, y sus miembros tenían por principal tarea transmitir a las generaciones venideras los escasos libros y documentos que habían escapado a la destrucción y que se mantenían ocultos en todos los rincones del mundo. No obstante, algunos bobos descubrieron que Leibowitz era un antiguo sabio, y éste sufrió el martirio de la horca. La Orden por él fundada siguió, empero, funcionando, y sus miembros, en cuanto volvió a permitirse la tenencia de documentos escritos, pudieron incluso dedicarse a reproducir de memoria las numerosas obras de tiempos pasados. Pero, como la memoria de estos analistas era forzosamente limitada (y, por lo demás, pocos de ellos poseían una cultura lo bastante vasta para comprender las ciencias físicas), los hermanos copistas consagraron sus mayores esfuerzos a los textos sagrados, así como a las obras literarias y de cuestiones sociales. Y de este modo fue como, de todo el inmenso repertorio de los conocimientos humanos, no sobrevivió más que una mezquina colección de pequeños tratados manuscritos.
Al cabo de seis siglos de oscurantismo, los monjes seguían estudiando y copiando su mísera cosecha. Ciertamente, la mayoría de los textos salvados por ellos no les eran de ninguna utilidad, e incluso algunos les resultaban totalmente incomprensibles. Pero a los buenos religiosos les bastaba con saber que en ellos se contenía el Conocimiento: su deber consistía en conservarlo y transmitirlo, aunque el oscurantismo universal tuviese que durar diez mil años…
El hermano Francis de Utah volvió al desierto, el año siguiente, y recomenzó su ayuno de la so-
ledad. Y una vez más regresó al monasterio, débil y flaco y fue llevado a presencia del padre
abad, el cual le preguntó si estaba al fin dispuesto a retractarse de sus extravagantes declaraciones.
—No puedo hacerlo, padre mío —repitió el novicio—, no puedo negar lo que he visto con mis
ojos.
Y el abad, una vez más, le castigó según la regla; igualmente pospuso los votos a fecha ulterior…
Mientras tanto, los documentos contenidos en la caja habían sido confiados a un seminario para su
estudio, después de copiados. Pero el hermano Francis seguía siendo un simple novicio; un novicio que no dejaba de soñar en el magnífico santuario que se construiría un día en el lugar de su descubrimiento…
—¡Diabólica contumacia! —fulminaba el abad—.Si el peregrino de que nos habla ese idiota se dirigía, según pretende, a nuestra abadía, ¿cómo es posible que no le hayamos visto…? ¡Y nada menos que un peregrino con taparrabo de arpillera!
Sin embargo, esta historia del taparrabo de arpillera no dejaba de preocupar al buen padre. La tradición refería, en efecto, que al beato Leibowitz, antes de ahorcarlo le habían cubierto la cabeza con un saco de yute a guisa de capuchón.
El hermano Francis pasó siete años de noviciado y vivió en el desierto siete Cuaresmas sucesivas. Gracias a este régimen, llegó a ser maestro en el arte de imitar el aullido de los lobos, y así solía, por pura diversión, atraer a las manadas de fieras hasta los muros del convento, en las noches sin luna… Durante el día, se contentaba con trabajar en la cocina y fregar las baldosas del monasterio, mientras seguía estudiando los autores antiguos.
Un buen día, un enviado del seminario llegó a la abadía montado en un asno y trayendo una noticia que produjo gran alegría:
—Ahora estamos ya seguros —anunció— de que los documentos encontrados cerca de aquí se remontan a la fecha indicada, y de que el plano, en especial, tiene alguna relación con la carrera de nuestro bienaventurado fundador. Ha sido enviado al Nuevo Vaticano, donde será objeto de un estudio más profundo.
—Así, pues —interrogó el abad—, ¿puede tratarse a fin de cuentas de una reliquia verdadera de Leibowitz?
Pero el mensajero, poco deseoso de contraer responsabilidades, se limitó a enarcar las cejas.
—Se dice que Leibowitz era viudo cuando fue ordenado —dijo, dando un rodeo—. Naturalmente, si se pudiera descubrir el nombre de su difunta esposa…
Entonces el abad, recordando la noticia en que figuraba un nombre de mujer, enarcó a su vez las cejas y sonrió.
Poco después, mandó llamar al hermano Francis.
—Hijo mío —le dijo con aire positivamente satisfecho—, creo que ha llegado el momento de que pronunciéis por fin los votos solemnes. Séame permitido, en esta ocasión, felicitaros por la paciencia y la firmeza de intención de que nos habéis dado continuas pruebas. Desde luego, no volverá a hablarse de vuestro… ejem… encuentro con un… ejem… caminante del desierto. Sois un bobo de los buenos, y podéis arrodillaros si queréis recibir mi bendición.
El hermano Francis lanzó un profundo suspiro y se desmayó abrumado de emoción. El padre le bendijo, y después le reanimó y le permitió pronunciar sus votos perpetuos: pobreza, castidad, obediencia… y observancia de la regla.
Algún tiempo después de aquello, el nuevo profesor de la orden albertina de los hermanos de Leibowitz fue destinado a la sala de los copistas, bajo la dirección de un monje anciano llamado Horner, y allí se puso a decorar concienzudamente las páginas de un tratado de álgebra con bellas estampas representando ramos de olivo y querubines mofletudos.
—Si lo deseáis —le anunció el viejo Horner con su voz cascada—, podéis consagrar cinco horas de vuestro tiempo, todas las semanas, a una labor de vuestra elección… previa aprobación, naturalmente. En caso contrario, destinaréis estas cinco horas de trabajo facultativo a copiar la Summa Theologica
( Evidentemente, se refiere a la Summa, de santo Tomás de Aquino), así como los fragmentos de la Encyclopedia Britannica que han llegado hasta nosotros.
Después de reflexionar, el joven monje preguntó:
—¿Podría consagrar estas horas a sacar una bella copia del plano de Leibowitz?
—No lo sé, hijo mío —respondió el hermano Horner, frunciendo las cejas—. Es éste un asunto en el cual nuestro excelente padre se muestra un poco quisquilloso, ya lo sabéis… En fin —concluyó antes las súplicas del joven copista—, os lo voy a permitir, ya que se trata de un trabajo que no os robará mucho tiempo.
El hermano Francis se proveyó, pues, del mejor pergamino que pudo encontrar y pasó varias semanas rascando y puliendo la piel con una piedra plana, hasta darle la blancura resplandeciente de la nieve. Después consagró otras semanas al estudio de las copias del precioso documento, hasta que se supo de memoria todo el trazado y todo el misterioso embrollo de líneas geométricas y de símbolos incomprensibles. Por fin se sintió capaz de reproducir, con los ojos cerrados, toda la asombrosa complejidad del documento. Entonces, pasó todavía varias semanas hurgando en la biblioteca del monasterio para descubrir documentos que le permitieran hacerse una idea, siquiera vaga, de la significación del plano.
El hermano Jeris, joven monje que trabajaba igualmente en la sala de copistas y se había burlado muchas veces de él y de sus misteriosas apariciones en el desierto, le sorprendió un día que se hallaba entregado a aquella tarea.
—¿Puedo preguntaros —le dijo, inclinándose sobre su hombro— lo que significa la frase «Mecanismo de Control Transistorial para Elemento 6-B»?
—Es, evidentemente, el nombre del objeto representado en el plano —respondió el hermano Francis, con cierta aspereza, pues el hermano Jeris no había hecho más que leer en alta voz el título del documento.
—Sin duda… Pero, ¿qué representa el diseño?
—Pues… el mecanismo del control transistorial de un elemento «6-B», ¡naturalmente!
El hermano Jeris se echó a reír, y el joven copista enrojeció.
—Supongo —prosiguió— que el diseño representa en realidad algún concepto abstracto. En mi opinión, este Mecanismo de Control Transistorial debía ser una abstracción trascendental.
—¿Y en qué orden de conocimiento clasificaréis vuestra abstracción? —quiso saber Jeris, siempre sarcástico.
—Pues bien, veamos… —el hermano Francis vaciló un instante y después prosiguió—: Teniendo en cuenta los trabajos que realizaba el bienaventurado Leibowitz antes de entrar en religión, yo diría que el concepto de que aquí se trata tiene relación con el arte, hoy desaparecido, que antaño llamaban electrónica.
—Este nombre figura, en efecto, en los textos escritos que nos han sido transmitidos. Pero, ¿qué significa exactamente?
—Nos lo dicen los propios textos: el objeto de la electrónica es la utilización del Electrón, que en uno de los manuscritos que poseemos, desgraciadamente incompleto, se define como una Torsión de la Nada Cargada Negativamente
( Definición exacta dada por el profesor León Brillovin, y utilizada por Robert Andrews Mullikan, Premio Nobel. Resulta incomprensible si se desconoce el contexto, o sea, toda la compleja estructura de nuestra Física.)
—Vuestros conocimientos me llenan de asombro —encomió Jeris—. ¿Puedo preguntaros ahora lo que significa la negación de la nada?
El hermano Francis, cada vez más sofocado, empezó a balbucear.
—La torsión negativa de la nada —prosiguió el implacable Jeris— debe llevar forzosamente a algo positivo. Supongo, pues, hermano Francis, que lograréis fabricarnos este algo, si dedicáis a ello todos vuestros esfuerzos. Gracias a vos, llegará indudablemente el día en que poseeremos el famoso Electrón. Pero, ¿qué haremos con él? ¿Dónde lo pondremos? ¿Acaso en el altar mayor?
—No lo sé —respondió el hermano Francis, que empezaba a amoscarse—, como tampoco sé lo que era un Electrón ni para qué servía. Sólo tengo la convicción profunda de que la cosa debió de existir en algún tiempo. Esto es todo.
Con una risa burlona, Jeris, el iconoclasta, le dejó y volvió a su trabajo. El incidente entristeció al hermano Francis, pero sin apartarle lo más mínimo del proyecto que se había trazado. En cuanto hubo asimilado la escasa información que podía proporcionarle la biblioteca del monasterio sobre el arte perdido en que se había inspirado Leibowitz, esbozó algunos anteproyectos del plano que se proponía estampar en su pergamino.
En cuanto al propio diseño, como no podía penetrar su significado, lo reproduciría tal cual se mostraba en el documento original. Para ello, emplearía tinta negra; por el contrario en la reproducción de las cifras y leyendas del plano adoptaría tintas de colores y caracteres de fantasía. Decidió igualmente romper la austera y geométrica monotonía del original, adornando la reproducción con palomas y querubines, verdes hojas de parra, frutos dorados y pájaros multicolores, amén de una astuta serpiente. En la parte alta de su obra, trazaría una representación simbólica de la Santísima Trinidad, y al pie, haciendo juego, el dibujo de la cota de malla que era emblema de su Orden. Así se dignificaría debidamente el Mecanismo de Control transistorial del beato Leibowitz, y su mensaje hablaría a los ojos al mismo tiempo que al espíritu.
Cuando hubo terminado el boceto preliminar, lo sometió tímidamente a la aprobación del hermano Horner.
—Advierto —dijo el viejo monje, en un tono matizado de cierto remordimiento— que este trabajo os ocupará mucho más tiempo de lo que había calculado… Pero, ¡qué importa! Proseguid. El dibujo es bello, bellísimo.
—Gracias, hermano.
El hermano Horner guiñó un ojo al joven religioso.
—Me he enterado —le dijo confidencialmente— de que han decidido activar las formalidades necesarias para la canonización del beato Leibowitz. Por lo tanto, es probable que nuestro excelente Padre se sienta ahora mucho menos inquieto acerca de lo que vos sabéis.
Desde luego, todo el mundo estaba al corriente de esta importante noticia. La beatificación de Leibowitz era desde hacia tiempo un hecho consumado, pero las últimas formalidades que debían convertirlo en santo podían requerir aún un buen número de años. Además, siempre era de temer que el Abogado del Diablo descubriese algún motivo que hiciese imposible la canonización proyectada.
Al cabo de largos meses, el hermano Francis puso al fin manos a la obra, trazando amorosamente en el bello pergamino los finos arabescos, las volutas complicadas y las elegantes iluminaciones realizadas con panes de oro. Había emprendido un trabajo muy laborioso, que requería muchos años para ser llevado a buen fin. Naturalmente, los ojos del copista se resintieron de la dura prueba, y tuvo que interrumpir a veces su labor durante largas semanas, por miedo de que un error debido a la fatiga echase a perder toda la obra. Sin embargo, el trabajo iba tomando forma poco a poco, y adquiría una belleza tan grandiosa que todos los monjes de la abadía acudían a contemplarlo, admirados. Sólo el escéptico hermano Jeris seguía con sus críticas.
—Me pregunto —decía— por qué no consagráis vuestro tiempo a un trabajo útil.
Esto era, al menos, lo que él hacía, puesto que fabricaba pantallas de pergamino decorado para las lámparas de aceite de la capilla.
Mientras tanto, el viejo hermano Horner cayó enfermo y declinó rápidamente. Llegados los primeros días de Adviento, sus hermanos cantaron para él la Misa de Difuntos, y entregamos sus restos mortales a la tierra original. El abad nombró al hermano Jeris para suceder al difunto en la dirección de los copistas, y el envidioso lo aprovechó en seguida para ordenar al hermano Francis que abandonara su obra maestra. Ya era hora, le dijo, de que dejara sus puerilidades; ahora fabricaría pantallas. El hermano Francis puso a buen recaudo el fruto de sus veladas y obedeció sin chistar. Mientras pintaba sus pantallas, se consolaba pensando que todos somos mortales… Sin duda, un día el alma del hermano Jeris iría a juntarse en el Paraíso con la del hermano Hornes, pues, a fin de cuentas, la sala de los copistas no era más que la antecámara de la Vida Eterna. Entonces, Dios mediante, podría reanudar su interrumpida obra maestra.
Sin embargo, la divina Providencia tomó cartas en el asunto mucho antes de la muerte del hermano Jeris. Durante el verano siguiente, un obispo montado en un mulo y acompañado de un nutrido séquito de dignatarios eclesiásticos llegó a llamar a la puerta del monasterio. El Nuevo Vaticano —anunció— le había nombrado abogado de la canonización de Leibowitz y solicitaba del padre abad todos los informes que podían servirle de ayuda en su misión; en particular, deseaba obtener algunas aclaraciones sobre una aparición del beato, con la que se decía había sido honrado un cierto hermano Francis Gerard de Utah.
El enviado del Nuevo Vaticano fue calurosamente recibido como merecía su dignidad. Fue alojado en el departamento reservado a los prelados que visitaban el monasterio, y seis novicios fueron puestos a su servicio. Se descorcharon en su honor las mejores botellas, se asaron los más delicados volátiles, e incluso se atendió a sus distracciones, contratando todas las noches a varios violinistas y una compañía de payasos.
Hacía tres días que el obispo se encontraba allí cuando el buen padre abad llamó a su presencia al hermano Francis.
—Monseñor Di Simone desea veros —dijo—. Si por desgracia dais rienda suelta a vuestra imaginación, haremos cuerdas de violín con vuestras tripas, arrojaremos vuestro cadáver a los lobos y enterraremos vuestros huesos en tierra no sagrada… Ahora, hijo mío, id en paz. Monseñor os espera.
El hermano Francis no necesitaba la advertencia del buen padre para contener la lengua. Desde el día ya lejano en que la fiebre le había hecho locuaz después de su primera Cuaresma en el desierto, se había guardado muy bien de decir una palabra sobre su encuentro con el peregrino. Pero le emocionaba el comprobar que las altas jerarquías eclesiásticas se interesaban bruscamente por el peregrino, y por ello el corazón le latía fuertemente al llegar a presencia del obispo.
Sin embargo, sus temores resultaron infundados. El prelado era un anciano de aire paternal, que pareció interesado ante todo en la carrera del frailuco.
—Y ahora —le dijo al cabo de un rato de amable charla— habladme de vuestro encuentro con el bienaventurado fundador.
—¡Oh, Monseñor! Yo no he dicho nunca que se tratase del beato Leibo…
—Claro, claro, hijo mío… Aquí traigo un proceso verbal de la aparición. Ha sido redactado de acuerdo con informaciones recogidas en las mejores fuentes. Sólo os pido que lo leáis. Después, confirmaréis su exactitud, o lo corregiréis, en caso necesario. Este documento se apoya sólo en referencias. En realidad, sólo vos podéis decirnos lo que ocurrió exactamente. Os pido que lo leáis con mucha atención.
El hermano Francis tomó el grueso legajo que le tendía el prelado y empezó a leer el relato oficial con creciente aprensión, que no tardó en convertirse en verdadero espanto.
—Parecéis trastornado, hijo mío —observó el obispo—. ¿Habéis observado acaso algún error?
—Es que… es que… no es esto… Las cosas no pasaron así… ¡en absoluto! —gimió el desdichado fraile, aterrado—. Yo no le vi más que una vez, y se limitó a preguntarme el camino de la abadía. Después golpeó con el bastón la piedra bajo la cual descubrí las reliquias…
—Entonces, si he comprendido bien, ¿no hubo coro celestial?
—Oh, no.
—¿Ni una aureola alrededor de su cabeza, ni una alfombra de flores que se iba extendiendo bajo sus pies a medida que andaba?
—Ante Dios que me está viendo, Monseñor, ¡afirmo que nada de esto se produjo!
—Bueno, bueno —dijo el obispo, suspirando—. Ya sé que las historias que cuentan los viajeros son siempre exageradas…
Como parecía desilusionado, el hermano Francis se apresuró a excusarse, pero el abogado del futuro santo le tranquilizó con un ademán.
—No importa, hijo mío —le aseguró—. A Dios gracias, no faltan milagros, debidamente comprobados. Por otra parte, los documentos que descubristeis nos han sido de utilidad, puesto que nos han permitido conocer el nombre de la esposa de nuestro venerable fundador, que murió, como bien sabéis, antes de que él entrase en religión.
—¿De veras, Monseñor?
A pesar de su visible desencanto ante el relato que de su encuentro con el peregrino le había hecho el joven fraile, monseñor Di Simone no pasó menos de cinco días enteros en el lugar en que Francis había descubierto la caja de metal. Le acompañaba una cohorte de jóvenes novicios, armados de palas y picos… Después de mucho cavar, el obispo regresó a la abadía, al atardecer del quinto día, con un rico botín de objetos diversos, entre los cuales se contaba una vieja caja de aluminio que aún contenía restos de una masa gelatinosa seca que tal vez había sido antaño berza en conserva.
Antes de partir de la abadía, visitó la sala de los copistas y quiso ver la reproducción hecha por el hermano Francis del famoso azul de Leibowitz. El monje, entre protestas de que la cosa no valía la pena, se la mostró con mano temblorosa.
—¡Canastos! —exclamó el obispo (o al menos esto fue lo que creyeron oír)—. Hay que terminar este trabajo, hijo mío, ¡hay que terminarlo!
Sonriendo, el fraile buscó la mirada del hermano Jeris. Pero el otro se apresuró a volver la cabeza. Al día siguiente, el hermano Francis volvía a su trabajo, con grandes refuerzos de plumas de oca, panes de oro y pinceles diversos.

… Seguía trabajando en ello cuando una nueva delegación del Vaticano se presentó en el monasterio. Esta vez, la comitiva era numerosa, e incluso había en ella guardias armados para rechazar los ataques de los salteadores. Al frente de ella, montado en una muía negra, se erguía un prelado de pequeños cuernos y colmillos acerados (al menos, así lo afirmaron varios novicios). Declaró ser el Advocatus Diaboli, encargado de oponerse por todos los medios a la canonización de Leibowitz, y explicó que el objeto de su visita a la abadía era investigar ciertos rumores absurdos, propalados por frailucos histéricos, que habían llegado hasta las autoridades supremas del Nuevo Vaticano. Sólo con ver al emisario, uno se daba cuenta en seguida de que no era hombre capaz de dejarse engatusar.
El abad le recibió cortésmente y le ofreció una pequeña cama metálica en una celda orientada al Sur, excusándose de no poder aposentarle en el departamento de honor, provisionalmente inhabilitado por razones de higiene. El nuevo huésped tuvo que contentarse, para su servicio, con las personas de su séquito, y compartió, en el refectorio, el yantar ordinario de los monjes: hierbas cocidas y caldo de raíces.
—He oído decir que padecéis crisis nerviosas, con pérdida del sentido —le dijo al hermano Francis, cuando el fraile compareció ante él—. ¿Cuántos locos o epilépticos ha habido entre vuestros antepasados o parientes?
—Ninguno, Excelencia.
—¡No me llaméis Excelencia! —rugió el dignatario—. Y tened el convencimiento de que no me costará nada que confeséis la verdad.
Hablaba de esta formalidad como de una intervención quirúrgica de las más vulgares, y pensaba, por los visto, que habría debido de realizarse muchos años atrás.
—Sabéis sin duda —prosiguió— que existen procedimientos para hacer que los documentos nuevos parezcan antiguos, ¿no es cierto?
El hermano Francis lo ignoraba.
—Sabéis igualmente que la esposa de Leibowitz se llamaba Emily, y que Emma no es en absoluto, el diminutivo de aquel nombre, ¿verdad?
Francis tampoco estaba muy informado de esto. Recordaba únicamente que sus padres, cuando él era niño, empleaban a veces ciertos diminutivos un poco a la ligera… «además —dijo para sí—, si el beato Leibowitz, a quien Dios bendiga, decidió llamar Emma a su mujer, estoy seguro de que tuvo sus razones…»
Entonces el enviado del Nuevo Vaticano la emprendió con un curso de semántica, tan furioso y tan vehemente que el desdichado frailuco creyó perder la razón. Al terminar la tormentosa sesión, no sabía siquiera si era cierto o no que hubiese visto un día un peregrino.
Antes de partir, el Abogado del Diablo quiso ver también la copia iluminada que había hecho Francis, y el desdichado se la mostró, con la muerte en el alma. Por lo pronto, el prelado se quedó asombrado; después tragó saliva y pareció que hacía un esfuerzo para decir algo.
—Ciertamente, no carecéis de imaginación —dijo—. Pero creo que esto lo sabían ya todos los de aquí.
Los cuernos del emisario habían menguado varios centímetros y el hombre partió aquella misma tarde hacia el Nuevo Vaticano.
… Y fueron transcurriendo los años, añadiendo algunas arrugas a los rostros jóvenes y algunas canas a las sienes de los frailes. En el monasterio, la vida seguía su curso, y los monjes continuaban sumidos en sus copias, como en tiempos pasados. Un buen día, el hermano Jeris concibió el proyecto de construir una prensa de imprimir. Cuando el abad le preguntó el motivo, sólo supo responder:
—Para aumentar la producción.
—¿Ah, sí? —replicó el padre—. ¿Y de qué creéis que servirán vuestros papelotes en un mundo en que la gente se considera dichosa de no saber leer? ¿Tal vez pensáis venderlos a los campesinos para encender el fuego, no?
Mortificado, el hermano Jeris encogió tristemente los hombros… y los copistas del monasterio siguieron trabajando con plumas de oca…
Por fin, una mañana de primavera, poco antes de la Cuaresma, se presentó un nuevo mensajero en el monasterio trayendo una buena, excelente noticia: el expediente para la canonización de Leibowitz estaba ya completo; el Sacro Colegio no tardaría en reunirse, y el fundador de la Orden Albertina figuraría pronto entre los santos del calendario.
Mientras se regocijaba toda la comunidad, el padre abad —ahora ya muy viejo y bastante complaciente— hizo llamar al hermano Francis.
—Su Santidad requiere vuestra presencia en las fiestas que van a celebrarse con motivo de la canonización de Isaac Edward Leibowitz —murmuró—. Disponeos a partir.
Y añadió, en tono gruñón:
—Si queréis desmayaros, ¡hacedlo en otra parte!

El viaje del joven fraile al Nuevo Vaticano le llevaría al menos tres meses, o acaso más: todo dependería de la distancia que pudiese cubrir antes de que los inevitables salteadores le privaran de su asno.
Partió solo y desarmado, provisto únicamente de unas alforjas de mendicante. Apretaba contra su corazón la copia iluminada del plano de Leibowitz, y rogaba a Dios que no se la robasen. Claro que los bandoleros eran gente ignorante y no habrían sabido qué hacer con ella… Sin embargo, y por precaución, el fraile se había tapado un ojo con un trocito de paño negro. Los campesinos eran supersticiosos y la amenaza de «mal de ojo» bastaba a veces para ponerlos en fuga.

Después de dos meses y algunos días de viaje, el hermano Francis tropezó con un ladrón en un sendero montañoso, rodeado de bosques espesos y lejos de todo lugar habitado. Era un hombre de corta talla, pero robusto como un buey. Separadas las piernas y cruzados los poderosos brazos sobre el pecho, esperaba en medio del sendero la llegada del fraile, que avanzaba hacia él, al paso lento de su montura… Parecía estar solo y no llevaba más arma que un cuchillo, que ni siquiera se sacó de la cintura. Aquel encuentro produjo al monje una profunda desilusión; en lo más hondo de su corazón, a lo largo de todo el camino, no había dejado de esperar que encontraría un día al peregrino de antaño.

—¡Alto! —ordenó el ladrón.
El asno se detuvo por su cuenta. El hermano Francis se alzó la capucha para mostrar el parche negro y se llevó lentamente la mano al ojo, como dispuesto a descubrir un horrible espectáculo disimulado por el paño. Pero el hombre echó la cabeza atrás y lanzó una risotada siniestra y realmente satánica. El fraile se apresuró a mascullar un exorcismo, cosa que tampoco pareció impresionar al ladrón.
—Esto hace ya años que no sirve —le dijo—. Vamos, apéate.
El hermano Francis se encogió de hombros, sonrió y se apeó de su montura sin protestar.
—Buenos días, señor —dijo, en amable tono—. Podéis llevaros el asno. Me sentará bien andar un poco.
Y ya se alejaba cuando el ladrón le cerró el paso.
—¡Espera! ¡Desnúdate completamente y déjame ver lo que llevas en este paquete!
El monje le mostró sus alforjas, con un pequeño ademán de excusa, pero el otro se echó a reír a más y mejor.
—¡También conozco el truco de la pobreza! —dijo a su víctima en tono sarcástico—. El último mendigo que detuve llevaba medio kilo de oro encima… Vamos, pronto, ¡desnúdate!
Cuando el fraile lo hubo hecho, el hombre registró sus vestiduras, no encontró nada y se las devolvió.
—Ahora —prosiguió—, veamos ese paquete.
—No es más que un documento, señor —protestó el religioso—, un documento que carece de valor para quien no sea su dueño.
—¡Abre el paquete, te he dicho!
El hermano Francis obedeció sin rechistar y pronto resplandecieron bajo el sol las iluminaciones del pergamino. El ladrón lanzó un silbido de admiración.
—¡Qué bonito! A mi mujer le gustará para colgarlo en la pared de la choza.
El pobre fraile, al oírlo, sintió que le fallaba el corazón y se puso a murmurar una plegaria silenciosa: «Si lo has enviado Tú, Señor, para probarme —suplicó desde lo más profundo de su alma—, dame al menos el valor de morir como un hombre, pues, si está escrito que tiene que robármelo, ¡tendrá que hacerlo al cadáver de Tu indigno siervo!
—¡Envuélvemelo! —ordenó de pronto el ladrón, que sabía lo que quería.
—Os lo ruego, señor —gimió el hermano Francis—, ¿cómo podéis privar a un pobre hombre de una obra en la que ha empleado toda su vida…? Quince años he pasado iluminando este manuscrito y…
—¿Cómo? —le interrumpió el ladrón—. ¿Lo has hecho tú mismo?
Y se desternilló de risa.
—No comprendo, señor —replicó el monje, enrojeciendo ligeramente—, lo que pueda tener de gracioso…
—¡Quince años! —exclamó el hombre, entre dos accesos de risa—. ¡Quince años! ¿Y por qué?, te pregunto. ¡Por un pedazo de papel! ¡Quince años…! ¡Ja, ja!
Y, asiendo con ambas manos la hoja iluminada, se dispuso a desgarrarla. Entonces el hermano Francis se dejó caer de rodillas en medio del sendero.
—¡Jesús, María y José! —exclamó—. ¡Os lo suplico, señor, en nombre del Cielo!
El ladrón pareció ablandarse un poco; arrojando el pergamino al suelo, preguntó burlón:
—¿Estarías dispuesto a luchar por tu pedazo de papel?
—¡Lo que queráis, señor! ¡Haré todo lo que queráis!
Ambos se pusieron en guardia. El fraile se santiguó precipitadamente e invocó al Cielo, recordando que antaño la lucha había sido un deporte autorizado por la divinidad… Después se lanzó al combate.
Tres segundos más tarde yacía sobre los puntiagudos guijarros que le laceraban el espinazo, medio asfixiado bajo una pequeña montaña de duros músculos.
—¡Ya está! —dijo, modestamente, el ladrón, levantándose y cogiendo el pergamino.
Pero el fraile se arrastró de rodillas, juntando las manos y ensordeciéndole con sus súplicas desesperadas.
—Creo —se burló el ladrón— que serías capaz de besarme los zapatos con tal de que te devolviese el dibujo.
Por toda respuesta, el hermano Francis le alcanzó de un salto y empezó a besar fervorosamente las botas del vencedor.
Esto era ya demasiado, incluso para un pillastre de siete suelas. Lanzó un juramento, arrojó el manuscrito al suelo, montó en el asno y se alejó… Inmediatamente, el hermano Francis se lanzó sobre el documento y lo recogió del suelo. Después trotó detrás del hombre, implorando para él todas las bendiciones del cielo y dando gracias al Señor por haber creado malandrines tan desinteresados.
Sin embargo, cuando el ladrón y su asno hubieron desaparecido en la arboleda, el monje empezó a preguntarse, con un poco de tristeza, por qué razón, en efecto, había consagrado quince años de su vida a este pedazo de pergamino… Las palabras del ladrón resonaban aún en sus oídos: «¿Y por qué?, te pregunto…» Sí, ¿por qué?, ¿por qué razón?
El hermano Francis reanudó su camino, pensativo y con la cabeza gacha bajo el capuchón… Incluso hubo un momento en que se le ocurrió la idea de arrojar el documento entre los matorrales y dejarlo allí, bajo la lluvia… Pero el padre abad había aprobado su deseo de entregarlo a las autoridades del Nuevo Vaticano, a modo de presente. El monje pensó que no podía presentarse allí con las manos vacías, y, ya serenado, prosiguió el camino.

Había llegado el momento. Perdido en la inmensa y majestuosa basílica el hermano Francis se hallaba sumido en la prestigiosa magia de colores y sones. Después de invocar al Espíritu infalible, símbolo de toda perfección, se levantó un obispo —el monje advirtió que era monseñor Di Simone, abogado del santo—, quien pidió a san Pedro que se pronunciara, por medio de S. S. León XXII, y ordenó a todos los reunidos que prestaran oído atento a las solemnes palabras que iban a ser pronunciadas.
Un momento después, el Papa se levantó despacio y proclamó que Isaac Edward Leibowitz debía ser en adelante venerado como santo. Asunto concluido. El oscuro técnico de antaño formaba ya parte de la celeste falange. El hermano Francis dirigió en seguida una devota plegaria a su nuevo patrón, mientras el coro entonaba el Te Deum.
Un rato más tarde, y andando con un paso vivo, el Soberano Pontífice apareció tan bruscamente en la sala de audiencias donde esperaba el frailuco, que la sorpresa cortó el resuello al hermano Francis, privándole del uso de la palabra. Se arrodilló apresuradamente para besar el anillo del Pescador y recibir la bendición, y después se levantó torpemente, sin saber qué hacer con el bello pergamino iluminado que sostenía detrás de la espalda. Comprendiendo el motivo de su turbación, el Papa sonrió.
—¿Acaso nuestro hijo nos trae un presente? —preguntó.
El monje farfulló algo ininteligible, asintió estúpidamente con la cabeza y por fin alargó su manuscrito, que el Vicario de Cristo observó largamente sin decir palabra y con rostro impasible.
—No es nada —masculló el hermano Francis, que sentía aumentar su turbación a medida que se prolongaba el silencio del Pontífice—, no es más que una pequeñez, un miserable presente… Incluso me avergüenzo de haber pasado tanto tiempo en…
Se detuvo en seco, ahogado por la emoción.
Pero el Papa parecía no haberle oído.
—¿Comprendes el significado del simbolismo empleado por san Isaac? —preguntó al fraile, sin dejar de examinar con curiosidad el misterioso trazado del plano.
El hermano Francis, por toda respuesta, sacudió negativamente la cabeza.
Y el fraile se puso a balbucear las gracias, mientras el Soberano Pontífice se perdía de nuevo en la contemplación de los diseños tan bellamente iluminados.
—Sea cual fuere su significación… —comenzó el Papa; pero se interrumpió de golpe y empezó a hablar de otra cosa.
Si habían hecho al fraile el honor de recibirle, le explicó, no era porque las autoridades eclesiásticas se hubiesen formado una opinión oficial sobre el peregrino que el monje había visto… El hermano Francis había sido tratado de esta suerte porque se le quería recompensar por el hallazgo de importantes documentos y reliquias. Así se había juzgado su hallazgo, sin tener absolutamente en cuenta las circunstancias que lo acompañaron.
—Sea cual fuese su significación —repitió al fin—, este fragmento de saber, muerto en la actualidad, recobrará vida algún día.
Sonriendo, dirigió al monje un pequeño guiño.
—Y nosotros lo conservaremos celosamente hasta que aquel día llegue —concluyó.
Sólo entonces advirtió el hermano Francis que la sotana blanca del Papa tenía un agujero y que todas sus vestiduras estaban bastante usadas. La alfombra de la sala de audiencias estaba también muy raída en algunos sitios, y el yeso del techo se caía visiblemente a pedazos.
Pero en las estanterías que se veían a lo largo de los muros, había libros, libros enriquecidos con admirables iluminaciones, libros que trataban de cosas incomprensibles, libros pacientemente copiados por hombres cuya tarea no consistía en comprender, sino en conservar. Y estos libros esperaban que llegase su hora.
—Adiós, mi querido hijo.
El humilde guardián de la llama del saber marchó a pie a su lejana abadía… Cuando se acercó a la comarca en que merodeaba el ladrón, se sintió lleno de alegría. Si aquel día el ladrón estaba de descanso, se sentaría a esperar su regreso. Porque esta vez sabía ya lo que tenía que responder a su pregunta.

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