en visperas de la nochebuena del 2011 d.n.e.

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Entra en tu espacio de quietud.
Conéctate con tu cuerpo, conéctate con tu respiración.
Siente la sacralidad de tu cuerpo.
Siente gratitud por tu cuerpo.
Agradece a cada una de tus preciosas células.

Lleva ahora tu conciencia a tu corazón. Siente su vibración especial.
Siente la íntima conexión de tu corazón con la fuente de Todo Lo Que Es.
Cónectate allí con el Amor Uno.

Imagina ahora que aparece en tus manos un recipiente de cristal, repleto de Semillas de Amor.
Cada una de estas semillas tiene la capacidad de elevar la vibración de aquello con lo que entra en contacto,
de manera tal que toda energía de baja vibración como miedo, odio, resentimiento eleva su frecuencia hacia la energía del Amor más puro.

Tienes la posibilidad hoy ahora de sembrar esas semillas adonde quieras. El recipiente de cristal es mágico por lo tanto nunca se agota su contenido.

Comienza por tí.
Coloca una semilla de Amor en cada una de tus células. Siente como se eleva la vibración de todo tu cuerpo.

Ahora ocúpate de tu familia, de los seres con los que compartes tu vida. Siembra tus semillas en sus corazones.
Pide a esas semillas que se reproduzcan y se multipliquen hasta que cada célula de la persona receptora, contenga una bella semilla de Amor.

Extiende ahora esta práctica a tus amigos, a tus vecinos, a tus compatriotas. Pon atención especial en sembrar los corazones de los dirigentes de tu país.
Imagina esas semillas de Amor expandiéndose y limpiándo distorsiones de todo tipo. Absténte de enjuiciar. Sólo irradia Amor.

Extiende otra vez esta práctica hacia todos los seres humanos. Imagina como gracias a la vibración del Amor desaparecen el dolor, el hambre, la enfermedad, la angustia, la tristeza, la desconsideración por el otro, las ansias desmedidas de control, las ansias desmedidas de poder,….

Extiende esta vez tu práctica a la Madre Tierra y a todos los reinos de la naturaleza.
Planta semillas en cada ser vivo, en cada molécula, en cada átomo. Con inmensa gratitud y reconocimiento, regálales estas milagrosas semillas de Amor.

Extiende, si así lo sientes, esta práctica a cada partícula del Universo. Riega al Universo con Amor de tu propio corazón.
Sí, estas semillas maravillosas llevan tu sello, contienen tu nota única, como tu personal homenaje a la totalidad de la vida y la conciencia.

Esto que estás haciendo es MUY REAL. Es MUY EFECTIVO. Es VERDADERO.
Ya es tiempo de utilizar el poder de tu intención focalizada en beneficio de la totalidad. Ya es tiempo de asumir tu poder interior y utilizarlo para el bien mayor.
Ya es tiempo de soltar dudas e inseguridades, de confiar en los dones propios y DAR.
Dar Amor, ser generadores de Amor desde nuestro corazón que es una fuente inagotable.

La Nueva Tierra es nuestra creación
Si creemos en nosotros en nuestra capacidad de elevar la vibración a través del Amor estaremos morando hoy, ahora en la Nueva Tierra.

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LA CRUZ ESPACIO-TEMPORAL EN LA ARQUITECTURA MESOAMERICANA. Adrian Snograss
La arquitectura, como todo lo demás en el universo mesoamericano, se conformaba al principio ordenador de la cruz espacio-temporal. Las ciudades y los edificios eran representaciones microcósmicas del cosmos quincuncial. Tenochtitlán, la capital azteca, se concentraba alrededor de un sagrado recinto que incluía un conjunto de templos; los caminos corrían desde esta zona focal en las cuatro direcciones, dividiendo a la ciudad en cuatro sectores, cada uno de los cuales correspondía a un color de la cosmología azteca.1

Cada sector tenía un jefe civil y un jefe de guerra. Esta disposición era de origen divino; antes de la fundación de la ciudad, los aztecas recorrieron el país transportando en un envoltorio el cuerpo de Huitzilopochtli; cuando llegaron al sitio de la ciudad, el dios habló, ordenándoles que le construyeran un templo, rodeado por casas en cuatro sectores para dividir en cuatro grupos a los jefes y sus seguidores.2

El trazado cruciforme de Tenochtitlán fue el modelo del reino azteca, con cuatro provincias en los sectores. De acuerdo con el mismo paradigma, cuatro caminos principales corrían desde cada aldea y pueblo para formar una red de asentamientos ordenados en una parrilla rectangular.3

Los principales ejes de los centros rituales, como Xochicalco (Figura nº 179)4, y ciudades como Tula,5 formaban una cruz de direcciones cardinales.

Los edificios mesoamericanos muestran la misma disposición cruciforme. El palacio sagrado del sacerdote y rey tolteca Quetzalcóatl tenía cuatro salas principales, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales. La sala del este estaba ornamentada con oro, la del oeste con esmeraldas y turquesas, la del sur con plata y conchas marinas de brillantes colores, y la del norte con jaspe rojizo. Otro palacio-templo tenía las cuatro salas principales en las direcciones, decoradas con tapices confeccionados con plumas, las cuales eran amarillas en el este, azules en el oeste, blancas en el sur y rojas en el norte.6

El obispo Landa deja constancia de que las ciudades mayas se dividían en cuatro partes, con dos carreteras principales que formaban una cruz orientada hacia las direcciones.7

Cada una se abría desde la ciudad a través de una puerta en el muro de circunvalación. En la actualidad las aldeas mayas aún tienen este trazado en quincunce, con la cruz diagramada en referencia a los solsticios y equinoccios. El Códice de Dresde muestra que los mayas prehispánicos usaban tanto las direcciones cardinales como los puntos solsticiales intermedios al trazar sus ciudades.8

Los jeroglíficos de las estelas muestran que el "modelo conocido" del mundo maya tenía cuatro ciudades capitales o centros ceremoniales, cada uno de ellos situado en un cuadrante del universo maya, designados como Copán, Tikal, Calakmul y Palenque. Estas ciudades se alzaban en el centro de una rejilla hexagonal de ciudades casi equidistantes,9 que a su vez eran circundadas por estructuras más pequeñas de entre cinco y ocho sitios terciarios. Los cuatro centros ceremoniales principales estaban vinculados por alianzas matrimoniales de carácter regio.10

La ciudad maya anterior a la conquista consistía en cuatro caminos en las direcciones cardinales, asociado cada uno con un color e irradiándose desde el complejo central del templo. Estos caminos axiales tenían un propósito ritual conectado con los ciclos del año de 365 días. En sentido contrario al de las agujas del reloj, los años seguían una pauta reiterada de cuatro años, identificándose sucesivamente con una dirección y su color asociado, un Sostén del Cielo (bacab) y un Dios de la Lluvia (chac), y con los concomitantes augurios auspiciosos u ominosos. En el Año Nuevo,11 la imagen del dios del año entrante era llevada en procesión por el camino axial de su correspondiente dirección y se la instalaba en un santuario fuera de los muros de la ciudad, donde quedaba hasta el Año Nuevo siguiente, cuando se la regresaba al templo en el centro de la ciudad, reemplazándola con la imagen del dios del año en la siguiente dirección en sentido contrario al de las agujas del reloj.12

Cada sector del pueblo tenía un consejero, quien gobernaba toda la ciudad durante el año correspondiente a su dirección. El poder de gobierno pasaba pues de uno de los cuatro consejeros al próximo, siguiendo la procesión de los años en sentido contrario a las agujas del reloj a través de las cuatro direcciones del espacio en un reiterado ciclo de cuatro años.13

La rotación ritual del poder se relacionaba con normas de linaje: los sectores de la ciudad eran distritos endógamos formados por un linaje patriarcal exógamo; el parentesco, el gobierno, el ritual, las direcciones y el ciclo del año estaban inextricablemente entremezclados.14

Una circulación similar del poder, basada en permutaciones espacio-temporales, se aplicaba en otros niveles de la sociedad maya, desde la totalidad del estado y cada una de las provincias por medio de centros ceremoniales como el de Tikal.15

También es posible, entre sus otros significados, que los templos-pirámides mayas fueran "montañas del linaje" que alojaban los remanentes de la deidad ancestral de un linaje regio patriarcal.16

Es probable que a los edificios y viviendas de los centros ceremoniales se los haya identificado con particulares dinastías y asociado con rituales cíclicos rotativos, como los que se cumplían al finalizar el año en las ciudades. * * *

Los edificios y ciudades de Mesoamérica también se hallan conectados con el cosmos cuatripartito mediante alineaciones con las posiciones de la salida y puesta del sol en el horizonte en los equinoccios y solsticios. El frente oeste del Templo Mayor, el templo principal del centro ceremonial de Tenochtitlán, la antigua capital azteca ahora cubierta por la ciudad de México, da la espalda a los siete grados y medio del sureste, que es la posición del sol equinoccial que aparece al amanecer entre sus dos templos, los cuales se alzan en la cima de una base piramidal.17

Desde la base del templo circular de Quetzalcóatl, que está al oeste del Templo Mayor en una extensión de su eje este-oeste, un observador ve al sol equinoccial cuando se ha elevado a una altitud de 22º sobre el horizonte astronómico, enmarcado entre los dos oratorios en el Templo Mayor.18

Al este del edificio piramidal E-VII de los edificios del Grupo E de Uaxactún se hallan tres pequeños templos sobre una sola plataforma que corre en dirección norte-sur. Visto desde la cima del Edificio E-VII, el sol equinoccial se eleva directamente sobre el templo central; en el solsticio de verano, el sol se eleva sobre el templo del extremo norte; y en el solsticio de invierno se lo ve elevarse sobre el del extremo sur.19

Visto desde una posición más baja, en las escaleras del Edificio E-VII, el soporte del ángulo noroeste de la construcción central coincide con las fechas de la salida del sol en los puntos medios temporales entre los equinoccios y el paso del sol por el cenit.20

La disposición del Grupo E se repite en una docena de sitios dentro de un radio de 100 kilómetros de Uaxactún.21 Es posible que se trate de copias no funcionales del esquema de esta ciudad.22

El centro ceremonial de Monte Albán [junto a Oaxaca, en el sur de México] consiste en una explanada de unos 700 metros de largo, con una pirámide en cada extremo y una gran plataforma, de unos 2.475 metros cuadrados, en su centro. Hay una hilera de edificios en uno y otro lado. Las dos pirámides se hallan en un eje norte-sur que corre a lo largo del lomo de la colina con escarpados precipicios a cada lado. La hilera de edificios del lado este de la explanada está situada en una línea norte-sur y la del oeste se desvía para correr aproximadamente en los 5 ó 6 grados noreste-suroeste. Este último eje aparentemente se determina observando en ángulos rectos la salida equinoccial del sol, debiéndose la variación desde el este a la altura del horizonte visto desde Monte Albán.23

En el Cerro el Chapín, que está en el Trópico de Cáncer, donde la fecha del paso por el cenit coincide con el solsticio de verano, dos petroglifos se alinean con el Cerro Picacho, la cumbre que más se destaca en el horizonte, la cual marca la posición de la salida del sol en verano, en el solsticio de junio. Una alineación del mismo pico desde el Templo del Sol, en Alta Vista, a 7 kilómetros al norte, permite divisar la salida del sol en los equinoccios; y una diagonal del Templo del Sol apunta hacia la misma posición en el horizonte.24

Un par de estelas, en los extremos de una línea de base de 7 kilómetros, que corre hacia el este y el oeste en la ciudad maya de Copán, marcaba la caída del sol en el día que comenzaba el calendario agrícola. La línea de observación también dividía el calendario incorporando tanto el año tropical como el ciclo ritual de 260 días: Copán está en la latitud en la que el sol permanece durante 260 días al sur del cenit celeste; durante los otros 105 días del año pasa por el norte del cenit al mediodía.25

De este modo las puestas equinocciales estaban en relación con los pasos por el cenit.

La gran pirámide de Tenochtitlán, que a causa de Coatépetl se llamaba "Montaña de la Serpiente", es aquella en la que la diosa tierra dio a luz a Huitzilopochtli. La pirámide-montaña representa el arco del Cielo que el dios sol escala cada día. Se orienta hacia el punto en el que el sol se pone en el solsticio de verano.

En el centro maya de Palenque, el Templo de las Inscripciones, el monumento funerario del Señor Escudo-Pacal, y el Templo de la Cruz, el monumento de acceso del Señor Chan Bahlum, contienen lápidas y murales que muestran un traspaso del Poder del gobernante fallecido, en el oeste, a su sucesor vivo, en el este. El rey muerto sostiene un monstruo-solar, mitad de carne y mitad de huesos, suspendido entre la noche y el día. La iconografía define el instante crítico del pasaje diario del sol en su ocaso, cuando pasa del mundo medio al mundo subterráneo, equivalente diario del pasaje del sol cuando el solsticio de invierno. La arquitectura de ambos templos reproduce el simbolismo de este paso invernal del sol a través del solsticio: desde el piso superior de una torre vecina y desde dentro del palacio, el sol del solsticio de invierno se pone sobre el centro del Templo de las Inscripciones y en línea con su escalera: el sol entra en el mundo subterráneo atravesando la tumba de Pacal. En el día del solsticio de invierno, y solamente ese día, en el momento en el que el sol desaparece detrás del Templo de las Inscripciones y la torre y el palacio quedan en las sombras, un rayo de luz solar cae en el Templo de la Cruz, iluminando la fachada y brillando en el interior hasta su centro.26

El Edificio O, en Caballito Blanco, cuya forma de flecha y su relación se parecen a los edificios circundantes como ocurre con el Edificio J, en Monte Albán, descrito más adelante, tiene una fachada frontal que es perpendicular a la posición de la salida del sol en el primer día de verano, la posición más al norte que el sol alcanza en el horizonte antes de comenzar su regreso hacia el sur. La punta de la flecha en Caballito Blanco apunta hacia la posición de la salida helíaca de Sirio en la época de construcción del edificio, y la salida helíaca de Sirio marca el solsticio de invierno.27

En Caballito Blanco, las salidas y puestas helíacas de Sirio dividen el año en dos partes casi iguales: la primera aparición de Sirio en el cielo que precede al amanecer presagia el primer día de verano, 93 días después del equinoccio de invierno; y la última salida de la estrella en el este después de la caída del sol marcaba el primer día de invierno.28

El Edificio O, en Caballito Blanco, se orienta hacia la salida helíaca de Sirio, la cual anuncia el solsticio de invierno y se relaciona pues con la estructura de la cruz formada por los solsticios y equinoccios, y de ese modo hacia el Sol invisible que se halla en el cruce de los ejes celestes. En los edificios de Mesoamérica es recurrente este método por el que al edificio se lo une con el centro fundamental del cosmos (refiriéndolo a una salida o una puesta helíaca, que a su vez se relaciona con la cruz celeste). Por ejemplo, el centro ceremonial de La Venta se orienta a 8º al oeste del norte verdadero, la dirección de la posición del acimut de la Osa Mayor en la medianoche del solsticio de verano. Al contorno de la Osa Mayor se lo identifica con la boca del Jaguar: la palabra náhuatl ocelote es a un mismo tiempo "jaguar" y "Osa Mayor". El Jaguar es una divinidad "ctónica", expresión suprema de las fuerzas que la tierra contiene en su interior; es el Psicopompo y el Señor del Inframundo. Al caer el sol, el Jaguar devora al sol y se convierte en el "sol negro", el sol del mundo subterráneo, cuya trayectoria nocturna es homóloga del desplazamiento diario del sol a través de los cielos.29

La constelación del Jaguar, o de la Osa Mayor, junto con las constelaciones del Cisne, las Pléyades y Escorpión, forman en el cielo una gran cruz cuyos brazos marcaban, con sus movimientos, las épocas de los equinoccios y solsticios. En la época en la que la constelación del Cisne transita por el meridiano desplazándose hacia el oeste, las Pléyades salen en el este y Escorpión se pone en el oeste. Estas cuatro constelaciones equidistantes, que se suceden una a la otra según una ascensión recta de aproximadamente 90 grados, marcan respectivamente, con sus tránsitos de medianoche, el solsticio de verano, el equinoccio de otoño, el solsticio de invierno y el equinoccio de invierno.30

Con una referencia más directa al Sol fundamental que se halla en el cenit del cielo, las ciudades y los edificios se alinean con la posición de una salida o una puesta helíaca que anuncia el paso del sol por el cenit. El momento en el que el sol transita por el cenit marca la coincidencia de los soles metafísico y físico, el momento del año en el que el Modelo y su apariencia se funden. El paso del sol por el cenit es el punto crítico del tiempo: el Año Nuevo comienza cuando el sol regresa al cenit en su camino hacia las regiones del sur; en gran parte de América Central, esta fecha también presagia el comienzo de la estación de las lluvias. Para los mexicanos, mayas e incas fue el eje del ciclo anual, celebrado con grandes festividades rituales.31

La presente traducción pertenece como la anterior al apartado "Mesoamerican Architecture" de la obra en dos volúmenes de Adrian Snodgrass Architecture, Time and Eternity, Aditya Prakashan, New Delhi 1990.

Traducción: Héctor V. Morel NOTAS

1 Brundage, Burr C., The Fifth Sun. Aztec Gods, Aztec World. Austin, University of Texas., 1979, p. 5; Stierlin, Henri, Living Architecture. Mayan. London, Oldbourne, 1968, pp. 181-182; Hunt, Eva, The Transformation of the Hummingbird. Ithaca and London, Cornell University Press, 1977, p. 204. 2 Perry, W. J. "The Dramatic element in ritual", Folklore, 39, 1 (Mar.), 1928, Pág. 49-50, citando informes dados por Toribio Motolinía y registrados en Bandelier, Ad. F., "On the Art of War and mode of Warfare of the Ancient Mexicans", Report of the Peabody Museum, 2, 1876, p. 104 y 401. 3 Marcus, Joyce, "Territorial Organization of the Lowland Classic Maya", Science, 180, 4089 (June), 1973; Hunt, op. cit., p. 204-206. 4 Kubler, George, The Art and Architecture of Acient México, London, Penguin, 1961, p. 38-39. 5 Ibid., 43. 6 Perry, W. J., "The Dramatic element in Ritual", Folklore, 39, 1 (Mar.), 1928, p. 50-51. 7 La "Relación de las Cosas de Yucatán", escrita hacia el año 1566, es aún la máxima y singular fuente de información acerca de la antigua cultura maya del Yucatán. Brinda una historia del Yucatán de fuentes indígenas, descripciones del calendario y de las ceremonias mayas, y dibujos de las inscripciones mayas. Ver Landa, Diego de, Yucatán Before and After Conquest, Baltimore, Maya Society, 1937. 8 Tompkins, Peter, Mysteries of the Mexican Pyramids, New York, Harper and Row, 1976, p. 304. Un muy citado pasaje de Motolinía, confirma el uso de las alineaciones equinocciales. Dice que en Tenochtitlán, la festividad de Tlacaxipeualiztli "tenía lugar cuando el sol estaba en la mitad de los Huicholobos, lo cual se hallaba en el equinoccio, y debido a que estaba un poco desalineado, Moctezuma deseaba derribarlo y corregirlo". Los mayas usaban palos ahorquillados y bifurcados, bordes de techos, hileras de postes verticales y estelas al efectuar sus alineaciones estelares, y el uso de estos diversos elementos de ayuda aparece en los Códices en por lo menos veintiséis dibujos. Ver Hartung, Horst, "Astronomical Signs in the Codices Bodley and Selden", IN Aveni, Anthony F. (ed.), Native american Astronomy, Austin, University of Texas, 1977; Tompkins, op. cit., 1976, p. 305-307; Aveni, Anthony F. (ed.), "Astronomy in Ancient Mesoamerica", IN, Krupp, E. C., In Search of Ancient Astronomies, London, Chatto and Windus, 1979, p. 158, 159 y 163. 9 Por ejemplo, entre los años 600 y 900 de nuestra era, Calakmul era el centro de una grilla hexagonal integrada por Naachtún, Altamira, La Muncca, Oxpemul, Sasilhá y Uxul. 10 Marcus, Joyce, "Territorial Organization of the Lowland Classic Maya", Science, 180, 4089 (June), 1973, p. 913-914. 11 Las festividades del Año Nuevo se celebraban en el décimo noveno "mes" de cinco días sin nombre que sucedían a los 18 meses de 20 días que componían el año. En cuanto a detalles sobre la relación de los años con los cuatro días del ciclo de 260 días que podían iniciar un año, ver Coe, Michael, "A model of Ancient Community Structure in the Maya Lowlands", Southwestern Journal of Anthropology, 21, 1965, p. 99-100. 12 Ibid., 100-103, donde se dan detalles sobre este ritual que era un tanto complicado. 13 Ibid., 99-100. 14 Ibid., 106.107. 15 Ibid., 109-110. 16 Holland, William R., "Contemporary Tzotzil Cosmological Concepts as a Basis for Interpreting Prehistoric Maya Civilization", American Antiquity, 29, 3, 1964, p. 301-306; Coe, Michael., op. cit., p. 110-111. 17 Aveni, Anthony F. (ed.) "Concepts of Positional Astronomy Employed in Ancient Meso-American Architecture", p. 7, IN, Native American Astronomy, Austin, University of Texas, 1977. 18 Ibid, p. 7; ver también del mismo autor "Possible Astronomical Orientations in Ancient Mesoamerica" IN Archaeoastronomy in Pre-Columbian America, Austin, University of Texas, 1975, p. 170; Aveni, Anthony F., Gibbs, S. L., "On the Orientations of Ceremonial Centers in Central Mexico", American Antiquity, 41, 1976, pp. 513-515. 19 Aveni, Anthony F. (ed.) "Concepts of Positional…", op. cit., p. 17, y del mismo autor "Old and New World Naked-Eye Astronomy" IN Brecher, Kenneth y Michael Freitag, Astronomy of the Ancients, Cambridge, Mass., M.I.T. Press, pp. 63-65, y Figura nº 1, p. 64; Morley, S. G., The Ancient Maya. Revised by G. W. Brainerd, 3era. Ed., Stanford, California, Stanford University Press, 1956, Figura nº 4, p. 32; Baity, Elizabeth C., "Archaeoastronomy and Ethno-astronomy So Far", Current anthropology, 14, 4 (Octubre), 1973, p. 401, y Figura nº 4, p. 402; Fuson, Robert, "The Orientation of Mayan Ceremonial Centers", Annals Association of American Geographers, 1969, p. 499; Broda, Johanna, "Astronomy, Cosmovision and Ideology in pre-Hispanic Mesoamerica", IN Aveni, Anthony F., y Gary Urton (eds.), Ethno-astronomy and Archaeoastronomy in the American Tropics, Annals of the New York Academy of Sciencies, 385, 1982, p. 87; y Figura nº 3, 86. 20 La misma orientación se ve en Copán, ver Aveni, Anthony F. (ed.), "Concepts of Positional…", op. cit., p. 17. 21 Al menos parece repetirse, pues las orientaciones de estos sitios aún no fueron medidas con exactitud. 22 Aveni, Anthony F. (ed.), "Concepts of Positional…", op. cit., p. 18. 23 Stierlin, Henri, Living Architecture. Ancient Mexican, London, MacDonald, 1968, pp. 132-133. 24 Aveni, Anthony F. "Old and New…" op. cit., pp. 73-74. 25 Aveni, Anthony F. "Old and New…" op. cit., pp. 71-72. 26 Schele, Linda, "Palenque: the House of the Dying Sun", IN Aveni, Anthony F. (ed.), Native american… op. cit., pp. 43-49; ver Krickeberg, Walter y otros (eds.), Pre-Colombian American Religions, London, Weidenfeld and Nicholson, 1968, pp. 74-75. 27 Aveni, Anthony F. (ed.) "Concepts of Positional…", op. cit., p. 175. Si bien Venus y las Pléyades son mencionados en los mitos de Mesoamérica, esto no ocurre con Sirio y la estrella Cabra. Aunque las lecturas por computadora indiquen que estas estrellas puedan haber determinado algunas orientaciones, las fuentes etno-históricas no sustentan esta hipótesis. Ver ibid., 185. 28 Aveni, Anthony F. (ed.) "Concepts of Positional…", op. cit., p. 173-178. 29 Thompson, J. E. S., Maya Hieroglyphic Writing: an Introduction, Norman, University of Oklahoma Press, 1960; Hatch, Marion P., "An Hypothesis on Olmec Astronomy, with Special Reference to the La Venta Site", Contributions of the University of California Archaeological Research Facility, 13, 1971; Baity, Elizabeth C., "Mesoamerican Archaeoastronomy So Far, IN Aveni, Anthony F., Archaeoastronomy in Pre-Columbia America, Austin, University of Texas, 1975, p. 380; ver Chevalier, J. y Gheerbrant, A., Dictionnaire des Symboles, 2a. Ed., París, Seghers, 1974, vol. 3, p. 65, ver entrada correspondiente a Jaguar. 30 Baity, Elizabeth C., "Archaeoastronomy and Ethno-astronomy…" op. cit., p. 443; y del mismo autor "Mesoamerican Archaeoastronomy…" op. cit., p. 380. 31 Aveni, Anthony F. "Old and New…" op. cit., p. 68.

Tomado de:http://webspace.webring.com/people/xc/coyopil/snodgrs2.htm

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Un pensamiento en “en visperas de la nochebuena del 2011 d.n.e.

  1. En La cámara secreta (Ed. Oberon, 2000), Robert Bauval sostiene que la estrella Sirio, astro de Isis, era la Estrella de la Natividad que describe Mateo en su Evangelio y que los tres Magos de Oriente representaban simbólica-mente a las tres estrellas del Cinturón de Orión identificado con Osiris por los egipcios-, que preceden a Sirio en su ascensión por el cielo nocturno. Mediante un programa informático (Slvglobe 3.6), Bauval estableció que el cielo observado desde Gizeh cuando se construyó la Gran Pirámide (hacia el ano 2500 a. C.), era el mismo que podía verse en el cielo de Alejandría cuando Mateo compuso su Evangelio (siglo 1 d.c.). Trazando una línea recta desde Belén en la dirección que entonces señalaba Sirio, se desembocaría directamente en la meseta de Gizeh, situada bajo la estrella, cuyas tres pirámides fueron dispuestas como una réplica del Cinturón de Orión. Junto a la Gran Pirámide de dicho complejo hubo un templo dedicado a Isis. Además, en un área de pocos kilómetros se situaba la ciudad sagrada de Heliópolis, con el templo del Fénix el pájaro que simboliza el retorno ciclico y la piedra Ben-ben. También es significativo que Sirio ascendiese por el Este junto con la constelación de Virgo, dado que en el antiguo Egipto este hecho asoció a dicha estrella con las antiguas diosas madres vírgenes. Éstas proliferaron más tarde en muchos cultos solares de Oriente Medio, durante la helenística, hacia la misma época en la cual nació el cristianismo.
    Tanto Bauval como otros autores, entre quienes destacan Robert Temple I (El misterio de Sirio. Ed. Ceac-Timun Mas, 1998) y Adrián Gilbert (La profecía de Orión. Ed Oberon, 1999), han señalado numerosos detalles que avalan el carácter no casual de las coincidencias entre ambas historias y, sobre todo, entre el detallado simbolismo estelar que éstas recogen y la configuración celeste que correspondía a la época en que fueron creadas.
    Para Bauval, por sus alineaciones astronómicas, el complejo de Gizeh, y sobre todo la Gran Pirámide, seria “una enorme marca temporal mesiánica”. A su juicio, el rápido avance del cristianismo en Egipto se debió a que éste suponía una reformulación de las mismas ideas religiosas que expresaba el mito de Osiris; un hecho que no se debió al azar, sino a un proceso de transmisión de conocimientos ocaltos por parte de una entidad no identificada. En su opinión, el dios hijo Horus prefigura al Apolo de Grecia, al Harpócrates de la helenís-tica, al culto del Sol Invictus y al propio Jesús, así como Adonis, Atis y
    Mitra -identificados con Orión y asociados a la constelación del Can Mayor, cuya estrella principal es Sirio-, son los nombres que asume Osiris en los distintos contextos culturales del Mediterráneo durante la helenística, ese periodo situado entre finales del I milenio a C. y comienzos del 1 milenio d.C., cuyo eje temporal corresponde a la época de Jesús. El hecho de que la “Estrella” de Mateo se describa como una luz que se desplazaba en el cielo indicando el camino a los Magos -y por eso muchos autores han pensado que pudo tratarse de un cometa-, indicaría con dicho desplazamiento el lugar en el cual debía nacer el nuevo “Enviado de las estrellas”. Si este evangelista no nombró directamente a Sirio fue para preservar en secreto este hecho trascendente, ya que ésta era, desde los tiempos más primitivos, la más importante de las referencias celestes después del Sol y la Luna en la antiguedad.
    En este caso, habría que suponer que la prédica de Jesús se inscribió en una tradición desconocida originada en Egipto. Dicha tradición tuvo que ser el legado de una comunidad que esperase la llegada inminente de una nueva manifes-tación mesiánica y que comunicara este secreto de forma tal que sólo los inicia-dos en ese saber captaran todo su significado. Esta sería la única explicación de que Mateo ocultara que se refería a Sirio, puesto que mencionarla era revelar dicho secreto. Esta estrella constituye una clave de la tradición esotérica desde la más remota antiguedad hasta nuestros días. En algunas corrientes aparece como el centro en torno al cual gira nuestro Sol, o incluso como un auténtico “Sol espiritual”, cuya energía es “reflejada” por nuestro Astro Rey. En todos los casos pertenece a un plano superior y es la fuente de energía vivificante.
    ¿Resulta plausible semejante escenario histórico? Examinemos sin prejuicios esta teoría a la luz de lo que sabemos. Las coincidencias entre la historia sagrada cristiana y el mito de Osiris no sólo son asombrosas, sino numerosas. Osiris es descuartizado en catorce trozos y Jesús realiza catorce estaciones en su Vía Crucis; Magdalena vaga en busca del cuerpo de Jesús, como Isis en pos del de Osiris; uno y otro se convierten por su resurrección en el dios de los vivos y los muertos y en su Juez Supremo; los dos mueren como consecuencia de la traición de alguien muy próximo; el primer modelo de una Inmaculada Concepción, de un dios supremo Trino y Uno y de la iconografia clásica de la madre y el niño, se remontan al antiguo Egipto. Lo mismo ocurre con la Eucaristía como celebración del sacrificio expiatorio del dios que redime con su sangre a la humanidad, con el culto a la Madre de Dios y con la Trinidad.
    También se observan otras coincidencias no menos asombrosas, pero que no pudieron ser fruto de ninguna voluntad consciente. Así, por ejemplo, sólo el Evangelio de Marcos alude a Jesús como hijo de madre soltera y en el mito de Osiris hallamos la acusación pública que hace Seth a Horus de no ser hijo legítimo. De hecho, Marcos apenas menciona los “rumores” respecto al nacimiento irregular de Jesús, un hecho que también recogió el Talmud judío. Resulta evidente que, en este tipo de detalles, el mito no pudo servir de modelo a la Natividad que recogen los Evangelios canónicos; es decir, la historia sagrada cristiana también reproduce fielmente ciertos detalles del mito, sin que medie una voluntad consciente por parte de sus autores. Sólo Mateo recoge el episodio de los tres Magos que siguen la estrella y el de la “Huida a Egipto”, como unicamente Marcos menciona al pasar los “comentarios” sobre el nacimiento irregular de Jesús. De modo que ninguno de los textos presenta una coincidencia sistemática como sería lógico que ocurriera en el caso de que el mito de Osiris hubiese servido de fuente a los evangelistas-, sino que dicho paralelismo surge de modo independiente al examinar en conjunto todas las fuentes dispersas que han llegado hasta nosotros.
    Por otra parte, el propio Talmud, como la versión eslava de La Guerra de los judíos de Flavio Josefo, entre otros textos, avalan la historicidad de los hechos fundamentales que narran los evangelios. Podemos afirmar que existió realmente un maestro judío que era hijo de padre desconocido, con notable fama de sanador, mago y taumaturgo, y que éste afirmó que resucitaría de entre los muertos antes del tercer día.
    Sin embargo, el cotejo de los relatos evangélicos con el mito de Osiris no permite dudar de que estamos ante el mismo drama. Más aún: al margen de que no existan pruebas documentales, tampoco es posible descartar la posibilidad de que Osiris hubiera sido originariamente un personaje histórico. Del mismo modo, no puede rechazarse el hecho objetivo que señala Bauval sobre la asombrosa relación que existe entre Gizeh y Belén respecto de Sirio, ni el resto de las coinciden-cias antes descritas.
    Desde una perspectiva espiritual, el azar sólo es el nombre que damos a un tipo de sucesos cuya causalidad escapa a nuestra comprensión debido a nuestra ignorancia de las leyes que rigen el mundo. Pero nada impide que haya una relación causal entre un mito y la historia, o una determinación astronómica de los momentos clave en la vida de los hombres. En este sentido, el mito nos presenta el modelo atemporal de un drama que encarna una y otra vez en el tiempo. Desde este punto de vista, el hecho de que Sirio cumpliera la función que postula Bauval en el antiguo Egipto y en la Palestina del siglo I d.C. no tiene por qué suponer que el cristianismo haya sido “copiado” del mito de Osiris.
    Tomar nota de las coincidencias no soluciona el enigma. Este es sólo el primer paso. Si no es probable que los evangelistas reinventaran el mito de Osiris, ¿por qué éste se expresa con tanta asombrosa exactitud como un hecho histórico en la vida de Jesús? ¿Por qué la misma estrella egipcia de la resurrección, consagrada a la diosa madre Isis y a una procreación sin partici-pación del sexo, acabó convirtiéndose realmente en el astro anunciador de la Natividad y de la Virgen? ¿Por qué la configuración del cielo que vio nacer al Cristo permitía trazar una línea recta que conducía desde Belén directamente a Gizeh? Adrián Gilbert apunta al corazón de este misterio al buscar respuesta en la tradición oculta, acudiendo al libro En busca de lo milagroso, fragmentos de una enseñanza desconocida, en el cual P.D. Ouspensky recogió el magisterio de Gurdjieff al respecto. Éste afirma que el cristianismo se originó en Egipto como una escuela iniciática, pero también asegura que la Última Cena fue un hecho histórico en el cual tuvo lugar un extraño rito de comunión literal de los dis
    cípulos con el Maestro, mediante el acto de beber su sangre. Gurdjieff va aún más lejos al sostener que todo el simbolismo ritual del cristianismo proviene de Egipto. No es casual que este maestro contemporáneo empleara la expresión “hay que enterrar más profundamente al perro” (en referencia a Sirio, la estrella-perro) para expresar cuando era necesario ocultar mejor un secreto iniciático para preservarlo. ¿Pudo Jesús ser un Enviado especial, acaso un gran avatar, profetizado y secretamente esperado por esa misteriosa escuela de la cual nos habla Gurdjieff y cuya actividad en el antiguo Egipto también han atisbado, como una enigmática presencia civilizadora en la sombra, autores como Graham Hancock y Robert Bauval?
    La relación entre la cultura egipcia y la judía encaja perfectamente con esta idea de una transmisión, puesto que la huella de la influencia profunda de la primera sobre la segunda es notoria en la Biblia, sobre todo en los libros sapienciales.
    Dicha transmisión -protagonizada por la tradición iniciática primordial- sería un escenario obligatorio en el caso de que Jesús hubiera sido un gran iniciado o un “hijo de Dios”, se atribuya a este término el sentido que se desee, incluyendo el concepto egipcio del faraón como un hijo de Ra o de Amón. En este caso, parece razonable que un ser excepcional, a quien se asignó una misión tan trascendente como universal, hubiera sido anunciado desde siempre a todas las culturas por parte de los iniciados en dicha tradición secreta, aparte de nacer bajo una configuración astral determinada y de un linaje de sangre escogido.
    No debemos olvidar que los Evangelios dan una enorme importancia a la genealogía davídica de Jesús, ni el hecho misterioso de que en ésta haya sangre real egipcia, no sólo a través de la familia de Moisés, sino proveniente de la unión del rey Salomón con una princesa del país del Nilo de cuya relevancia no cabe dudar, puesto que el “Rey Sabio” hizo erigir un templo consagrado a sus deidades en Jerusalén.
    Este hecho siempre ha intrigado a los historiadores, puesto que es el único caso conocido de una princesa real egipcia dada en matrimonio a un monarca extranjero. Hay documentos en los cuales los reyes de la XVIII dinastía expresan su desprecio hacia los soberanos que les facilitan a sus hijas a cambio de oro. Por tanto, no fue por oro que se hizo una excepción con Salomón. ¿Cuál fue entonces el motivo?
    También resulta muy llamativo que en una cultura tan misógina como la judía la condición de miembro de dicho pueblo sea transmitida por línea materna. Esto no se hace por el valor asignado a la mujer, que era más bien nulo sino porque aporta un mecanismo de seguridad en la transmision del linaje, dado que la maternidad es una filiacion evidente, mientras que la paternidad del hijo es algo que se presume, pero que no admite certeza absoluta. En Egipto también hallamos claros indicios de una voluntad obsesiva por mantener la transmisión de la línea de sangre real bajo un estricto control de su pureza, a través del matrimonio consanguíneo, que no obstante era tabú para el resto de la población. Finalmente, no puede olvidarse el intimo vinculo que existe entre la cultura egipcia y la judía. Para fundar su propia teocracia, el pueblo de Israel parte en busca de la tierra prometida desde Egipto. De hecho, su consolidación como
    un estado unificado, que se produce hacia el 1100 a.C., se hace realidad con el rey David, fuente del linaje de Jesús, cuyo heredero Salomón se unió con una princesa egipcia y escogió como modelo político la teocracia de ese imperio, hasta el punto de ser definido por algunos historiadores como “un faraón de Israel”.

    La religión eterna

    La existencia de la tradición iniciática desconocida no es, en todo caso, una simple deducción de Bauval y Gilbert, entre otros autores modernos. Durante la patrística, san Agustín afirmó que el cristianismo era el nombre que “la religión verdadera” había adoptado “después que Cristo vino en un cuerpo”, pero que dicha religión verdadera “ya existía desde el comienzo de la raza humana”. Agustín tuvo luego que retractarse por presión de la de Roma, pero es evidente que conocía bien el tema desde sus años jóvenes, cuando fue gnóstico, como ocurrió con otros padres de la Iglesia de los primeros siglos que valoraban los mitos paganos como auténticas profecías anunciadoras del Cristo.
    En relación al misterio del nacimiento de Jesús, la probable transmisión de un legado secreto sugiere que la presentación de María como madre virgen fecundada por Dios -a imagen de la reina egipcia que se unía al dios para engendrar al Faraón también constituye un símbolo que atañe al hecho de que el Enviado anunciado seguramente pertenecía a una antiquísima estirpe sagrada y que su procreación se hizo siguiendo unos requisitos que garantizaban su dotación genética.

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